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Unipolaridad y rivales emergentes
La
caída del muro de Berlín en 1989 puso de manifiesto que los distintos siglos
no guardan el estricto cómputo del tiempo sino que algunos se alargan
considerablemente, como lo hizo el siglo XIX que comenzó antes de tiempo, al
producirse en 1789 la Revolución Francesa, prolongándose luego hasta la guerra
mundial de 1914, en tanto que otros, como le ha pasado al siglo XX, son
profundamente breves, nacen tardíos y mueren tempraneros.
Si
bien se argumenta recientemente que los atentados del 11 de septiembre han sido
el despertar del siglo XXI, el nuevo siglo psicológico surgió al desaparecer
el poder bipolar en el mundo, cuando la URSS se derrumbó como un castillo de
naipes.
Desde
aquella fecha, sometidos al fin de la historia, el águila americana impera en
el planeta y detrás de ella han surgido dos estelas. Por un lado, la
globalización, que ha roto las fronteras económicas del planeta y ha impulsado
el crecimiento económico mundial, si bien con un claro sesgo asimétrico en
favor del poder imperial y por el otro la aparición de los protectorados políticos
y económicos bajo velo internacional, que encubren la hegemonía estadounidense
y permiten la redistribución de los costes del control hacia países satélites.
Desde
la caída del muro los Estados Unidos vivieron una etapa de crecimiento económico
persistente que, con el optimismo propio de la miopía eufórica, se dio por
interpretar como el despertar de una nueva economía exenta de ciclos. Y si bien
la realidad ha temperado esa euforias, lo cierto es que el impulso globalizador
ha favorecido especialmente a los Estados Unidos.
En
cuanto al control geopolítico, desde la aparición de la unipolaridad se han
sucedido las acciones militares tendentes a asegurar reservas energéticas básicas,
como la guerra de Irak, o controlar emplazamientos estratégicos, como las
guerras de Bosnia, Kosovo o Macedonia, dando lugar a protectorados políticos.
Los
atentados del 11 de septiembre, al impulsar la agresividad del poder hegemónico,
pueden dar como resultado una distorsión en la estela globalizadora, frenando
en parte su impulso. Por contra, han dado carta blanca para la ampliación del
poder geopolítico de los Estados Unidos, que ha visto reforzada su libertad de
elección de las áreas geográficas susceptibles
de control.
La unipolaridad reinante solo puede verse mediatizada en el largo plazo
por la fuerza de la emergente China, destinada
a convertirse en los decenios venideros, por su dimensión geográfica, por su
ingente población y por su persistente tasa de crecimiento, en una potencia
económica y militar de primer orden.
No es de extrañar, por ello, que la ira americana se haya dirigido en
primer lugar hacia tierras afganas, en la medida en que además de asegurar el
control futuro de redes de transporte energético, facilita la instalación de
protectorados militares y políticos de largo plazo en emplazamientos geoestratégicos
en torno al futurible rival.
En tal sentido, la carta blanca del militarismo americano continuará
razonablemente descubriendo peligros para la seguridad de la primera potencia en
entornos geográficos que faciliten la toma de posiciones sobre reservas básicas
de amplias zonas del mundo o faciliten el asentamiento militar permanente en ámbitos
estratégicos que favorezcan su posición frente a posibles rivales futuros.
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