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Monedas y anclas

 

Los países son barcos faenando en las aguas económicas, a veces cristalinas, a veces turbias, cuando no turbulentas. 

Los países emergentes son barcos de frágil cascarón, con marinería de mucho empuje pero poca formación y les interesa faenar en aguas seguras, que generen un marco de confianza a los inversores extranjeros, aguas donde prime la estabilidad macroeconómica que por sí mismos no poseen.

A principios de los noventa muchos de esos países se apuntaron a echar el ancla a sus barcos, evitando que sus monedas quedasen a la deriva. Así, los emergentes asiáticos, como Tailandia, Indonesia, Filipinas, Corea, Malasia, Singapur o los emergentes americanos, como Ecuador, Venezuela, Chile o Colombia o las nuevas luces del este europeo, como Chequia, Polonia, Hungría, Letonia o Eslovaquia, establecieron un régimen cambiario fijo para su moneda, anclándola con la de otro país, generalmente respecto del dólar, con la intención de que la estabilidad del gigante norteamericano se les contagiase.

Cuando un país echa el ancla y vincula su moneda a la de otro, liga su evolución monetaria interior con la del país de referencia, generalmente sólida tierra de baja inflación. El emergente encuentra entonces en esa ligazón el freno para las presiones inflacionistas internas que, de cumplirse, erosionarían gravemente su competitividad. El ancla es, así, una medida antiinflacionista. Pero no solo eso, sino que, de paso, el ancla limita el derecho de señoriaje, es decir, la facilidad de creación de dinero para financiar el deficit público y, en consecuencia, supuestamente obliga a la disciplina fiscal. Si el banco central del país anclado le diese a la máquina de fabricar billetes con fines de relajación fiscal, el exceso de oferta de su moneda acabaría haciendo insostenible la paridad cambiaria, su barco rompería las amarras y entraría de nuevo en la deriva.

Un reciente trabajo de Enrique Alberola y Luis Molina ha analizado hasta qué punto ha sido útil mantener un tipo de cambio fijo en los países emergentes como receta para disciplinar las cuentas públicas. Sus conclusiones son que, a pesar de lo que predique la teoría, el ancla de poco les sirvió para conseguir la estabilidad fiscal. Aunque esos países limitaban la independencia de su banco central al obligar a sus monedas a mantener un tipo de cambio fijo, sus bancos centrales pudieron seguir financiando en exceso a sus gobiernos esterilizando los efectos de esa financiación mediante reducciones de sus reservas exteriores. Camino ese peligroso, porque acaba minando la credibilidad de su régimen cambiario y, cuando llega la galerna, precipitando su caída.

Y así ocurrió. La tormenta monetaria del 97 obligó a buena parte de aquellos barcos a levantar el ancla y entrar en régimen de tipo de cambio flexible. El baht tailandés, la rupia indonesia, el peso filipino, el won coreano, el ringgit malayo o la corona checa fueron los primeros en abandonar sus sistemas de amarre. Pero no los últimos. Luego han ido cayendo el rublo, el cruceiro, el sucre, el peso chileno o el colombiano o el zloty polaco.

Pocos emergentes han resistido el embate de las aguas del trienio. El lats letón, el forint húngaro o el bolívar venezolano consiguieron hacerlo. Como también pudieron superar la tormenta la lita lituana, la corona estona, el dólar de Hong Kong o el peso argentino. Aunque esos últimos barcos, más que disponer de un ancla, se habían colocado directamente desde un principio en el dique seco de un currency board, en el que por ley se impone un rígido y radicalmente disciplinado compromiso cambiario, que impide cualquier financiación del deficit público a través del banco central.

 

 

Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.

 

 


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