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Automatismos fiscales
y monetarios
Ahora que el planeta toma el rumbo
de la depresión resuenan voces con nostalgias keynesianas que piden una
intervención activa y discrecional de los estados en los asuntos económicos.
Las políticas fiscales de carácter
discrecional han obtenido en los últimos decenios,
sin embargo, paulatinamente mala prensa, tanto por la inoportunidad de su
ejercicio como por el sesgo inflacionista que con frecuencia han dejado en sus
sociedades. Por el contrario, la
política fiscal ha podido desarrollarse con mucha más eficacia de forma automática,
mediante estabilizadores que reaccionan a tiempo a las perturbaciones, a base de
vincular los impuestos y los subsidios con la renta de los países.
Las políticas monetarias
que realizan los bancos centrales han sido también, con excesiva frecuencia
histórica, cajas de sorpresas
inflacionistas cuando han pretendido impulsar discrecionalmente la producción,
siendo incapaces de conseguir sus objetivos cuando acaban incorporándose a las
expectativas de los ciudadanos.
La ineficacia de tales políticas
discrecionales ha llevado a pensar en la conveniencia de ganar la máxima
credibilidad en las acciones que se persigan, para lo que resulta conveniente
seguir reglas de actuación coherentes, que reduzcan la discrecionalidad y
otorguen confianza. En muchos países del mundo, para apartar a los bancos centrales de cualquier presión que
reduzca la credibilidad de sus acciones se les ha otorgado un intenso grado de
independencia institucional, convirtiéndolos en órganos tecnocráticos
amurallados frente a las aguas de la política, asignándoles objetivos claros
orientados a resultados.
La búsqueda de la credibilidad monetaria lleva, en consecuencia, a
efectuar políticas basadas en reglas de actuación. Algunas reglas se han hecho famosas, como la regla de Taylor,
que relaciona la actuación de los bancos centrales en cuanto al tipo de interés
nominal con el tipo de interés real y los objetivos de inflación a largo
plazo, teniendo en cuenta las desviaciones inflacionistas que se estén
produciendo respecto de ese objetivo o atendiendo a la brecha de producción que exista respecto del producto potencial a
largo plazo. La regla de Taylor se ha difundido ampliamente, porque resume de
forma sencilla la actuación esperable de los bancos centrales y representa un
sistema de automatismo entendible de la política monetaria. Los bancos
centrales, sin embargo, no suelen cumplir con la regla, porque, aún necesitados
por motivos de credibilidad de seguir una actuación reglada, tampoco les
conviene aplicar automatismo sobre fórmulas que, como la de Taylor, representan
de forma tan simplificada la realidad que soslayan informaciones y datos que
permiten matizar con más detalle la actuación más conveniente.
El problema para los bancos centrales, sin embargo, es el de comunicar
con la suficiente claridad y transparencia las razones que les lleva a adoptar
una u otra política, de forma que se perciba que no se desvían
discrecionalmente de reglas de actuación lógicas pero que a su vez no adoptan
reglas puramente mecánicas por coherencia con la complejidad de las
situaciones, demasiadas veces de difícil reflejo en reglas mecánicas.
Mientras que la política fiscal ha conseguido disponer de eficaces
estabilizadores automáticos, la política monetaria no puede encorsetarse en
puros automatismos y no tiene más remedio que ganar su credibilidad
estableciendo reglas que sean meros marcos de procedimiento, pero sistemáticos
y claros, que den la posibilidad de actuar sin someterse a mecanicismos.
Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.
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