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Diferenciales de inflación
Dentro de la Unión Monetaria Europea están apareciendo algunas diferencias en la tasa de inflación de los distintos países y el nuestro, junto con Irlanda y Holanda se lleva la peor parte, porque nuestra inflación supera con creces el promedio de la de los demás países.
Parece plausible pensar que en una Unión Monetaria los precios de los bienes en los distintos países tiendan a converger, al menos en un plazo lo suficientemente dilatado, sin que por ello acaben siendo iguales, como tampoco son iguales los precios entre dos comercios de una misma ciudad. Converger no significa igualarse, pero sí significa que las diferencias de precios de un mismo producto difícilmente serán sustanciales, sobre todo si el producto es fácilmente comerciable.
Por esa misma razón, un país como el nuestro, comparativamente barato, debe tener en su proceso de convergencia de precios una tasa de inflación superior al promedio mientras alcanza el nivel de los restantes.
Además de ese argumento, un viejo recordatorio económico ronda en los últimos tiempos por la corte monetaria europea para justificar las diferencias de inflación que se están produciendo entre los países integrantes de la Unión Monetaria. Se trata de la proposición Balassa-Samuelson, que hace hincapié en que los diferenciales de inflación están explicados por diferencias en la productividad.
Cuando en un país tiende a crecer la productividad, es normal que crezcan los salarios. Si los sectores sujetos a fuerte competencia internacional mejoran su productividad, los salarios en esos sectores subirán, aunque no suban sus precios debido a la fuerte competencia. Pero teniendo en cuenta los procesos de negociación colectiva y la integración entre los mercados de trabajo del país, en los sectores menos sujetos a la competencia internacional también crecerán los salarios y la forma de compensar esos mayores costes en ellos será mediante subidas de precios. Así, las ganancias de productividad en los sectores más abiertos generarán inflación en los otros sectores.
En principio, es esperable que los países con menor nivel de desarrollo tiendan, en su mero proceso de convergencia, a aumentar su productividad más que el resto de los países, con lo que su inflación habría de ser superior a la de los restantes. Como consecuencia de derivarse de ganancias en la productividad, tal inflación diferencial no sería preocupante, sino una repercusión del proceso de acercamiento.
Lo malo de la proposición Balassa-Samuelson es que no es argumentable para el caso actual de España, porque nuestra productividad no está creciendo por encima de la media europea. Aunque crece nuestra renta, y más que la restante europea, también crece más deprisa nuestro nivel de empleo, por lo que nuestra productividad no aumenta.
En tal caso y aparte de que la explicación de nuestro diferencial inflacionista sea en parte lógica consecuencia del mero acercamiento entre los precios, la causa que puede explicarlo es nuestro adelanto cíclico respecto del resto de Europa que da lugar aquí a una excesiva presión de la demanda sobre el consumo y hace subir los precios en nuestro país por encima del promedio europeo.
Las consecuencias de que una situación así se prolongue en el tiempo son las de la progresiva pérdida de competitividad de nuestra economía. Si no queremos ponerle ese freno en el futuro a nuestro crecimiento económico convendría ir quitando presión a la demanda de consumo. Puesto que el país no dispone actualmente de soberanía monetaria los caminos disponibles pasan por reducir el consumo público o por abrir aún más la espita de la desregulación, gestando un entorno de mayor competencia en los sectores que de por sí están más protegidos de la presión internacional.
No será un paseo y habrá que abrirse camino entre las zarzas. Pero nos va en ello nuestro futuro.
Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.
feb.2000
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