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Bestiarios bursátiles
Desde la paloma cristiana al elefante blanco budista, los animales han sido
permanente referente y símbolo para expresar los mensajes religiosos. Los
bestiarios medievales han servido durante siglos para realzar argumentos morales
o caracterizar personajes, como luego lo han hecho las fábulas dieciochescas.
Los
animales, en sus formas más convencionales,
no han sido, sin embargo, meros cauces expresivos religiosos o morales,
sino también símbolos con los que
manifestar poder (león), majestuosidad
(águila), astucia (zorro) o
ternura (oveja). Incluso en
nuestros días el convencionalismo fenotipico de la oveja Dolly,
frente a su complejidad genética, simboliza la idea de ciencia.
La fascinación por los misterios del mundo ha llevado a muchas sociedades a
ampliar el bestiario con fantasías surgidas de laboratorios del Doctor
Frankenstein. De alguna de las górgonas griegas, horribles dragones alados de
escamas doradas y cabellos de serpiente, nos libró Perseo con su afán por
matar a la Medusa. También en Tebas los bellos pechos de mujer en cuerpo de león
alado esperaban a los viajeros para plantearles sus enigmáticas preguntas de
Esfinge.
Ninguna de esas fantasías se observa, sin embargo, en el poderoso y agitado
mundo de la Bolsa. Los mercados de valores en nuestra tradición, por muy
precursores que hayan sido, puesto que ya despuntaban tímidamente en el
medieval siglo XIII en Barcelona cuando aún quedaban siglos para que se
desarrollaran las Bolsas en Amberes, apenas han dejado vestigios en el lenguaje
o en los símbolos externos de haber vivido interesados por la zoología.
No
ocurre así, en cambio, en el mundo bursátil anglosajón, mucho más dado a la
figuración animal que el nuestro. Para
las bolsas de habla inglesa, el mercado puede estar “bull” y con la imagen
de ese toro desafiante y amenazador se expresa que el mercado tiene un claro
comportamiento alcista o puede estar “bear” en cuyo caso el símbolo del oso
expresa que lo que domina es un comportamiento bajista.
Aunque la imagen del toro deje bien a las claras la fuerza y el ímpetu que
quiere expresarse de un mercado pujante que sube agresivamente los precios, la
imagen del oso como símbolo bajista no parece derivar de la torpeza inherente
al animal, sino de las tristes
experiencias en los tiempos de las Compañías de los Mares del Sur, cuando la
bolsa inglesa del siglo XVII se dio el gran batacazo y muchos especuladores se
apuntaron al carro bajista vendiendo hoy las acciones que no poseían y tomaban
a préstamo con el fin de comprarlas mañana a mejor precio. Tal como se decía
entonces, vendían la piel del oso
antes de haberlo cazado.
En los mercados latinos sólo aparecen, por el contrario, las evocaciones
bestiarias ocasionalmente, como cuando se habla del tiburoneo, por las
dentelladas que representan las OPAS hostiles, o máxime, cuando se acusa de
buitres a los especuladores o se asocia a las manos fuertes con leones amantes
de devorar ingenuos pardillos bolsistas.
Pero ni unos mercados ni otros han sido capaces de derivar hacia hermosas fantasías bestiarias. Se echan en falta, ahora que aún disponemos de Greenspan-Teseos salvadores, potentes minotauros con cabeza de toro y cuerpo de hombre para representar cracks devastadores, hermosos Pegasos tecnológicos esperando ser cabalgados por sus Belerofontes de Nueva Economía, castos unicornios para simbolizar valores defensivos o inmortales aves fénix capaces de reflejar la fuerza imperial de la globalización financiera y bursátil.
Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.
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