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Vuelven los nidos

      Años de guerra civil y secuelas de hambre, miseria y racionamiento dejaron escuálida a la población española, más de medio siglo atrás. La dureza de la posguerra y lo limitado de los recursos ponían límites a la expansión demográfica de la población. Pero llegó Eisenhower, se acabó el racionamiento y detrás de él se produjo el boom de la natalidad en España.

 

      Hubo de extinguirse el anterior régimen para que los avances en el control de la natalidad tuvieran libre difusión en España y la combinación de armas anticonceptivas, sombras en el panorama económico y una larga estela de paro terminó con el boom, iniciándose el cambio de tendencia.

 

      El despertar femenino al mundo educativo y laboral, tras la prolongada crisis de los setenta, nos llevó a la sequía natalicia, a pesar de que la prosperidad económica asomara a mitad de los ochenta, con el ingreso de España en la Comunidad Económica Europea. Aunque las inversiones extranjeras fluían sin cesar, El Dorado español no creó las condiciones macroeconómicas adecuadas y la inflación campó a sus anchas, el paro siguió fustigando a la sociedad y los tipos de interés agobiaron a la ciudadanía.  

     

      La sequía se convirtió en pertinaz y nuestra tasa de natalidad fue cayendo insistentemente hasta alcanzar los niveles de la modernidad europea y luego superarlos ampliamente,  consiguiendo incluso la condecoración de país con menor tasa de natalidad de Europa. La escasez de ayudas a la familia y el mínimo apoyo legal, fiscal y social, convirtieron al viejo país de raigambre católica en un páramo, en tierra abonada para la tercera edad, y empezaron a divisarse negros nubarrones en el futuro de su sistema de pensiones, al fallar la base del apoyo intergeneracional.

 

      La timidez de las acciones gubernamentales para invertir la tendencia demográfica, rebajando la calificación de prole numerosa, o dando mínimas ayudas por hijos a través de reducciones de impuestos, ha dado el escaso resultado que podía preverse de tales medidas. Han seguido mudos en nuestras casas los sonidos de la infancia y los marginados, mendigos de nuestras calles céntricas, han recurrido al reclamo emotivo de tiernos animales para ablandar el corazón de los viandantes, ávidos de expresar en ellos la ternura que querrían manifestar con los niños ausentes.

 

      Pero cambió por fin el tercio. La Unión Monetaria Europea ha originado una balsa de estabilidad hasta la fecha impensable en nuestra sociedad. La muralla de unos tipos de interés inalcanzables se desplomó, la inflación perdió su brío y las cadenas del paro rompieron sus eslabones. Aunque ahora los tipos remonten, la inflación asome y el petróleo nos amenace, la nueva moneda ha traído amplitud de miras para la ciudadanía y convencimiento de que no podrá volverse a los extremos desequilibrios anteriores. Y los nuevos horizontes se han transformado en un acusado crecimiento de la tasa de natalidad, cuatro veces más deprisa de lo que avanza en el resto de Europa. Después de tantos años de sequía, vuelven los nidos al país y va a haber polluelos dentro. Habrá que prepararse para ello.

 

Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.

 

             

 


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