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Borreguismo bursátil
La crisis financiera del 97-98 coloco al mundo contra las cuerdas. Por primera vez la globalización mostraba sus colmillos afilados y mientras los tigres asiáticos se transformaban en tigres de papel, la crisis del sureste amarillo corría como la pólvora hacia Rusia, cruzaba continentes y se iba a Brasil, amenazaba con contagiar al semillero chino y preocupaba seriamente a las potencias occidentales.
La libertad de movimientos de capital, sustrato básico de la globalización, era el puerto a través del cual corría la mecha incendiaria de la crisis financiera. De aquella crisis, por fortuna superada, nos ha quedado el sabor de la conveniencia de disponer de órganos supranacionales con capacidad de maniobra suficiente.
Vive el euro ahora momentos bajos, con una persistente depreciación frente al dólar que ha dejado arrinconados en el olvido los argumentos en pro de una moneda única europea que desplazase a la divisa norteamericana en el liderazgo monetario. En la pertinaz caída del euro inciden diversos factores, en especial el comportamiento diferencial europeo respecto de la economía estadounidense, pero inciden también los comportamientos propios de los mercados que caracterizaron la crisis del 97-98.
En la sabana keniata las cebras, los antílopes o las gacelas en libertad tienden a concentrarse en grandes comunidades. En la meseta castellana las ovejas se concentran en grandes rebaños. En las praderas americanas aun queda el resonar de pisadas de las manadas de bisontes de un tiempo histórico pasado, antes de que el depredador humano acaparara el medio.
El comportamiento gregario es propio de muchas formas de vida biológica y también de los seres humanos. Los profesionales de los mercados financieros no son ajenos a esas pautas de conducta. Los gestores de fondos deben mantener la rentabilidad adecuada para las carteras de sus clientes pero son juzgados en su eficacia en función de la eficacia de los restantes gestores. Así, ninguno de ellos está interesado en mantener un diferencial de comportamiento con los restantes que incremente sensiblemente su riesgo de obtener unos resultados notoriamente inferiores a los del resto de los gestores. Los gestores saben que, si bien la oveja descarriada puede descubrir mejores pastos que el resto, la pervivencia de largo plazo del rebaño estará más asegurada que la de la oveja solitaria, quien habrá de enfrentarse con más peligros.
Los gestores profesionales tienden, por los mismos motivos que las ovejas o los antílopes, a actuar en pelotón, procurando no diferenciarse en exceso del resto del comportamiento de los restantes gestores, para asegurar su pervivencia en eL largo plazo. Ese borreguismo bursátil y financiero hace que de iniciarse la tendencia depreciadota sobre una moneda, persista la misma. Si acuciado el rebaño por las dificultades busca nuevos pastos en otro valle, cruzara países mientras los puertos estén expeditos y el pelotón pondrá en aprieto la estabilidad de la moneda de otro país, aunque para ello salte continentes completos, puesto que los rebaños financieros no están limitados como los de ovejas por las fronteras ortográficas.
Algunos de los instrumentos del análisis técnico bursátil aprovechan ese comportamiento gregario característico de los mercados, buscando expresamente las tendencias que se producen en los movimientos de los rebaños para hacer que el inversor actúe como Vicente, yendo donde va la gente. Observando la inercia que conlleva el desplazamiento del rebaño, de uno a otro sector o de uno a otro valor de moda, puede obtenerse provecho si se le sigue la corriente, siempre que se está‚ al tanto de que el rebaño es también capaz de abocarse al precipicio o se sepa poner de vez en cuando la oreja en el suelo para distinguir, como los heroicos personajes del oeste cinematográfico, cuando la manada convirtió su lento y pausado paseo en estampida desoladora.
Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.
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