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El chubasquero de la Pyme contra los nubarrones

     Tras una década floreciente,  en la que la locomotora americana marchó a todo gas y Europa puso en práctica sus claras intenciones de disponer de todas las armas de un mercado único, incluida la unidad de moneda, asomaron las nubes en el horizonte. A partir de 1997 han ido apareciendo sucesivos sobresaltos, desde las cadenas devaluatorias asiáticas,  el electroencefalograma plano del crecimiento europeo o los problemas del cono sur latino,  hasta el desinfle de la exuberancia de los mercados norteamericanos. El cambio de tercio del 11 de septiembre ha insuflado, además, aires de guerra, miedo de los consumidores y profunda incertidumbre. Ya no son nubes, sino nubarrones lo que se vislumbra en el horizonte.

     Ante las nuevas perspectivas lo razonable para la pequeña empresa es prevenir  y afrontar con realismo la nueva etapa que se avecina, sin que cunda el pánico. Lo primero, preocuparse por su endeudamiento. Entrar en un periodo de crisis con un alto nivel de deudas es colocarse demasiado cerca del cuello la soga. Reducir la importancia de los capitales ajenos antes de que se conviertan en una losa para la supervivencia es la política más prudente  contra nubarrones. Claro que eso conlleva detrás aplazar nuevas inversiones previstas pero cuando un frente frío se avecina no es el mejor momento de ampliar las bases del negocio sino de contar gastos y de apretar el cinturón.

        Pero si no es momento de pensar en ampliaciones,  sí lo es de pensar en la estructura básica de la empresa para hacerla más flexible,  para que permita ajustar gastos, de personal u otros,  cuando llueva torrencial y se reduzcan los pedidos.

        También es el momento de pensar en la idea básica del negocio, saber en que sector realmente está posicionado para intuir si la lluvia ácida caerá de pleno sobre él o únicamente de soslayo. Porque si el negocio se encuentra cerca del epicentro de los sectores más afectados por el turbio temporal que se avecina, lo lógico es hacer un canto a la diversificación, buscar nuevas alternativas, ampliar la base de clientes, e intentar posicionarse en otras actividades y sectores donde se crea que no va a llover tanto.

        Cuidar a los clientes es una constante que debe mantenerse y además ampliarse. El negocio se resentirá menos cuan más amplia sea esa base de clientes y más fidelizados se encuentren. Habrá que ofrecerles posiblemente productos más asequibles, que les ofrezcan más valor aunque se pierdan márgenes, pero en esos momentos más que nunca a la empresa le interesará disponer de un amplio conjunto de clientes de largo plazo, porque ese será su mejor chubasquero, el paraguas que la proteja contra la inclemencia. Y si eso exige caudales de fondos destinados al marketing habrá que hacerlo, sin reducir medios y presupuestos, tanto porque será útil a la empresa como porque será ahora más efectivo, más barato y más notorio, porque posiblemente el resto de la competencia equivocadamente pretenda reducir también esas partidas.

          La hora de la justicia darviniana se acerca y los más débiles van a caer en sus fauces. Cuanto antes se anticipe la empresa, cuanto más prevenga, menos heridas, mordiscos y cicatrices le quedarán.

 

Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.


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