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Males
y bienes
Cuando
Vlad Tepes fue nombrado vaivoda de Valaquia no sabía que su cabeza sería expuesta por el
sultán de Constantinopla en el palacio de Topkapi mientras el resto de su cuerpo sería
vejado cerca de Bucarest, aunque bien podría imaginar que su pasión por el sufrimiento
ajeno, que tan intensamente exploraría, no podía depararle mejor destino.
Si
Vlad Tepes hubiese escuchado a Nicolás Maquiavelo quizás hubiese salvado, sin embargo,
su vida. Pero para su desgracia Maquiavelo aún era demasiado joven para aconsejarle
cuando su cabeza ya rodaba y además sus mundos eran bien distintos, tan alejadas como se
encontraban entonces sus tierras rumanas, asediadas por hordas otomanas, del renacimiento
italiano.
Pero
si hubiesen estado más próximos, Maquiavelo le hubiese podido indicar, de viva voz, lo
que luego diría en El Príncipe: Es menester, pues, que el que toma un Estado,
haga atención en los actos de rigor que le sea preciso acometer, a realizarlos todos de
golpe, para que no los tenga que repetir todos los días y poder tranquilizar a sus
gobernados, a los que ganará después facilmente haciéndoles bien. Por la misma razón
que los actos de severidad deben hacerse de una vez y que dejando menos tiempo para
notarlos ofenderán menos, los beneficios deben otorgarse poco a poco, a fin de que se
puedan saborear mejor
Pero
Vlad Tepes no pudo escuchar el sabio consejo y quizás por eso decidió que sus súbditos
indisciplinados y más aún sus enemigos, que no eran pocos, debían ser persistentemente
sometidos utilizando para ello continuas y reiteradas dosis de tortura. Así consiguió el
macabro título de El Empalador y así pudo vanagloriarse ante su mentor
Matías Corvino de conseguir someter el Danubio condenando a la lenta muerte por
empalamiento a 23.884 personas en disciplinados y pequeños grupos.
Vlad
Tepes alcanzó de esa forma la gloria del terror y su sanguinaria leyenda inspiró a Bram
Stoker el hoy en día muy cinematográfico mito de Drácula. Pero sobretodo alcanzó el
máximo pedestal del odio de sus súbditos, porque no supo o no quiso distinguir lo que
Maquiavelo luego insinuaría: que la percepción humana de los males y de los bienes no es
simétrica y que por ello deben administrarse con muy diferente velocidad y
concentración. Tepes también lo hizo así, aunque justo con la velocidad y la
concentración contraria: persistencia en dosis pequeñas de los males y fugaz
administración de los bienes.
La
diferente capacidad perceptiva que tenemos los humanos obliga, por el contrario, a los
gobernantes o a cuantos hacen sentir de alguna forma su poder a administrar sus recetas
duras de forma concentrada y rápida. Así, los planes de estabilización incorporan un
cúmulo de medidas restrictivas en un único paquete cuya medicina se suministra de golpe,
las devaluaciones se acompañan de un conjunto de acciones drásticas para enderazar y
disciplinar los desequilibrios, las multinacionales deciden los cierres de sus múltiples
delegaciones en uno o más países sorpresivamente y de un solo golpe y las
reestructuraciones de empresa y los expedientes de regulación de empleo se atajan en un
tiempo record evitando convertirlos en un lento rosario de despidos.
Mientras
la pócima de los males se aplica rápida y drásticamente, los bienes tienden a aplicarse
moderada, suave y lentamente para que, como indica Maquiavelo, se saboreen mejor. Por ello
las empresas suelen extender la gama de niveles profesionales, administrando
parsimoniosamente las carreras de sus empleados o vinculando parcialmente las mejoras
salariales al transcurso del tiempo.
Los
pilotos de las líneas aéreas debieran asimismo seguir los consejos de Maquiavelo cuando
insisten año tras año en bloquear con sus reclamaciones nuestros aeropuertos. El mal
debe administrarse rápida y contundentemente, pero nunca conviene espaciarlo ni
convertirlo en un lento, esperado y reiterado goteo. En tal caso, la sociedad reacciona
como lo hizo con Vlad Tepes: odiando.
Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.
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