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Los chicharros y el guerrero du Guesclin
Si
algo caracteriza a los chicharros en Bolsa es su capacidad de calentarse. En
cambio, del castillo de la Motte-Broons, en la Bretaña francesa, solo cabe
imaginarse frío glaciar, muros espesos, tinieblas y humedad. Fue allí donde
nació Bertran du Guesclin, el más grande chicharro jamás conocido, guerrero
medieval sin par, capaz de enfrentarse a mil y unas batallas en mil y un
terrenos.
Me encontré por primera vez con du Guesclin en mi niñez, cuando no
dejaba de recitarme en el campo de Montiel de mi libro de historia la enigmática
frase de “ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”, que justificara el
cambio de la dinastía en Castilla y la muerte de Pedro el cruel a manos de
Enrique II Trastámara, el de las mercedes. El cruel rey Pedro murió gracias a
la oportuna intervención del no menos cruel du Guesclin, quien se encargó de
favorecer con un empujoncito a su valedor, Don Enrique, el hombre que lo hizo
rey de Granada.
Luego he tropezado sin parar con la grandeur de Du Guesclin. Me encontré
con él en Dinan, valeroso y enamorado, presidiendo la ciudad desde su estatua
de piedra, mientras su corazón late apresurado en una iglesia cercana. Volví a
toparme con él en un pequeño pueblo de la Lozère, cerca de Mende, llamado
Chateauneuf de Randon, donde se encargó de morir, aunque ahora domina la
población desde su acorazada y galáctica efigie.
De nuevo me encontré con el gran du Guesclin en Le Puy en Velay, cerca
de Lyon, con la reliquia de sus entrañas esperándome, para recordarme que él
solo fue capaz de comerse y beberse toda la guerra de los cien años y poner de
patitas en la calle a todos los ingleses, despejando Francia de ellos. Porque
Bertran du Guesclin fue la espada de Francia, el hombre capaz de ascender desde
una humilde cuna bretona a la categoría de condestable de Francia, de
condestable de Castilla, de rey de Granada.
Al calor de las guerras su sangre crepitaba y el hombre se crecía.
Algunos valores del mercado se comportan como Du Guesclin. Al calor del mercado,
hierven por dentro y ascienden como la espuma, calentándose como chicharros al
sol.
Du Guesclin fue un gran guerrero, rudo, sanguinario, irascible y brutal.
Los chicharros bursátiles son también valores rudos, peligrosos, de
comportamiento histérico y brutales en su iliquidez. Cuando el inversor cabalga
en ellos lo hace a sangre y fuego, a sabiendas que lo remontarán hasta lo más
alto y lo llenarán de mercedes o lo encenagarán hasta el cuello.
He vuelto a encontrarme con Du Guesclin en Clermont-Ferrant, en la Dordoña,
donde quedaron alguno de sus restos. He
creído oir también en el Mont Sant Michel los suspiros de su amada, la bella y
delicada Tiphanie Raguenel, cuando esperaba ansiosa su llegada. Lo he visto
cautivo en Burdeos e incluso en Nájera, junto a Haro.
El pasado año, después de tantas ocasiones, me encontré con el gran
guerrero cara a cara. Fue en la basílica de Sant Denis, justo encima de Paris,
donde se encuentran enterradas todas las monarquías de la republicana Francia.
Allí estaba esperándome el gran condestable Bertran du Guesclin, en su labrado
y cuidadoso sepulcro de mármol blanco, espada en mano, mirándome fijamente a
los ojos. Fue allí donde me di
cuenta que Du Guesclin también era un chicharro porque el gran guerrero resultó
ser hombre muy menudo, severamente pequeño, como todos esos valores bursátiles,
que son pequeños, profundamente pequeños en capitalización y a su vez,
peleones, muy peleones.
Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.
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