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El fisco y la globalización
Cada año, poco antes del
solsticio de verano, los ciudadanos sacan del armario sus ropas más
ligeras y se preparan para los rigores estivales. No olvidan también sacar sus
vestidos de contribuyentes y con esas galas se aplican afanosamente a plasmar el
detalle preciso y numérico que les relacione con el Estado, que viste aires de
diosa Minerva, de Agencia Tributaria, armada hasta los dientes de tecnología
informática punta, ostentando en su pecho acorazado medallas con forma de bases
de datos.
La liquidación del Impuesto
sobre la Renta de las Personas Físicas es
la melodía de fondo de los albores veraniegos y es el reflejo más visible para
la ciudadanía de la necesidad que tienen los estados de disponer de sistemas
tributarios para atender a las necesidades colectivas.
Los impuestos son, como indica claramente su nombre, transferencias de
fondos sin contrapartida que se exigen y se imponen. Lógicamente en nuestro
mundo responden a principios de legalidad democrática. Pero el sustrato básico
de todo sistema tributario es que debe existir alguna capacidad coercitiva real
de exigir el pago.
La globalización a la que se enfrenta el planeta plantea retos y
problemas a los sistemas tributarios que tienen establecidos los estados. La
mundialización de la economía conlleva que las empresas deban de competir en
mercados cada vez más amplios, de ámbitos transnacionales o simplemente
planetarios. La imposición a la que están sometidas las empresas de un estado
afecta sustancialmente a su competitividad, por lo que los estados excesivamente
exigentes en términos tributarios con sus empresas colocan a las mismas en
desventaja. La reacción defensiva es la multinacionalidad empresarial,
reduciendo así la cautividad al sistema tributario local y la deslocalización
empresarial en búsqueda de territorios fiscales menos áridos.
La consecuencia a largo plazo de ello es que los estados encuentran en la
globalización un claro freno a su expansionismo fiscal.
A su vez, la libre circulación de capitales, dogma básico de un mundo
globalizado, impone severas restricciones a las exigencias tributarias de los
estados sobre los capitales, que se desplazan libremente en busca de la mejor
remuneración financiera-fiscal. De ahí la tendencia de todos los estados en
los últimos años a mantener tipos impositivos para las ganancias de capital
sensiblemente más reducidos que los correspondientes a otras rentas, dada la
sensibilidad que manifiestan a los aspectos fiscales, su reducida cautividad y
la dificultad de llevar a cabo medidas coercitivas reales contra ellas.
Las rentas del trabajo son más susceptibles de control fiscal por su
baja movilidad, por lo que los fiscos se ven compelidos a dirigirse sus ojos
hacia ellas para mantener sus recaudaciones. Pero en la medida en que los
trabajadores más cualificados disponen de facilidades de movilidad
transnacional y de posibilidades de aplicar técnicas de ingeniería fiscal,
el fisco debe pivotar sobre la remuneración de las capas laborales de
media y baja cualificación. La resistencia de éstas a esa discriminación real
frente al capital y frente a las rentas laborales más cualificadas hará muy
difícil que pueda persistirse en ese empeño y obligará a los gobernantes de
uno u otro espectro político a seguir la senda de las rebajas fiscales para
ganar apoyos populares.
El terreno abonado para la recaudación fiscal en un mundo globalizado es
el de la imposición indirecta. La imposición directa sobre rentas pasará a
ser un tributo al siglo fenecido, que
lenta e inexorablemente irá perdiendo poco a poco su importancia.
Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.
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