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Cumplió un añito el euro con tranquilidad y sin sobresaltos especiales,
aunque con una cierta sensación amarga, derivada de la decepción al ver su
persistente deslizamiento frente al dólar. Tras los fastos eufóricos por su
nacimiento, su primer cumpleaños ha quedado eclipsado por el impactante cambio
de cifras del cómputo cristiano del tiempo.
La depreciación del euro, aún hiriendo el orgullo de la creación de
una moneda con pretensiones de pisar fuerte en el mundo, ha significado un
considerable refuerzo a la competitividad de las empresas europeas. Combinada, a
su vez, con unos tipos de interés bajos ha permitido el relanzamiento del
crecimiento en la Europa que funcionaba a medio gas. La otra Europa periférica,
la de países como España, Holanda o Irlanda ha vivido como consecuencia de
esas condiciones un escenario de crecimiento tal que le está haciendo difícil
no violar las condiciones de convergencia.
La depreciación, sin embargo, ha respondido fundamentalmente a causas más
vinculadas con el propio dólar y con el ímpetu de la economía americana que
con las debilidades intrínsecas del proyecto europeo.
La moneda única europea, aunque aún no haya calado en el público en
general, es un experimento único e insólito de integración regional. Nunca
antes se ha dado el caso de una moneda sin Estado. La creación del euro
constituye un estímulo político indudable para la consecución de una unión
política de Europa y otorga a los europeos una importancia en el mundo de la
que antes adolecían.
El experimento, precisamente por la carencia de un Estado previo, da
lugar a ciertas singularidades que deben arrostrarse, como la fragmentación de
los mercados financieros en entornos nacionales o la segmentación nacional de
los sistemas bancarios, que entorpecen inicialmente el que la moneda se
convierta en depósito de valor y compita de igual a igual con el dólar. Sin
embargo, el año de vigencia del euro ha permitido la total integración del
mercado monetario europeo, que ha pasado a ser único para todo el área,
gracias a que los mecanismos creados para la implantación de la política
monetaria común han funcionado con la normalidad que se esperaba de ellos.
Mantener una moneda única no está exento de riesgos, como la aparición
de discrepancias cíclicas entre los países integrantes, que requieran distinta
medicina monetaria o peor aún, el surgimiento de perturbaciones asimétricas
que exijan un tratamiento diferencial en un determinado espacio radicalmente
distinto al del resto. En eso se defiende bien un Estado con moneda, porque
puede usar mecanismos de cohesión o incluso facilitar migraciones internas pero
en cambio se defiende peor una moneda sin Estado porque la solidaridad interna
es más débil, se carece de una política
presupuestaria y fiscal suficiente y el camino de las migraciones está sembrado
de barreras reales, sea linguísticas o culturales.
Pero lo más incómodo de una moneda sin Estado es la carencia de una voz
propia que defienda sus intereses y su tipo de cambio. El euro tiene
dificultades de representación externa que deben ser superadas en un futuro.
La primera infancia del euro no ha sido una marcha triunfal, aunque sí
un paseo discreto, que ha dotado de paraguas financiero protector a países como
el nuestro, acostumbrados a perder el rumbo en las tempestades monetarias.
Las mocedades del euro van a requerir dosis de ilusión a insuflar a la
ciudadanía, para que lo sienta como propio, pero sobretodo esfuerzos hacia la
cohesión interna y abundante coordinación entre los países para dar el signo
adecuado a las políticas fiscales y de competencia.
Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.
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