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HAL
y la odisea del genoma
Richard Dawkins es quizás el etólogo británico más polémico y famoso
de nuestro tiempo, con sus tesis darwinistas acerca de los genes. Según él los
genes, excelentes y virtuosos especialistas en copiarse a sí mismos, son los
verdaderos seres vivos que mediante un comportamiento gregario y altamente
competitivo consiguen la inmortalidad utilizando máquinas de supervivencia,
como plantas, ratones, caballos, ballenas o humanos, simples envoltorios
utilizados por ellos para sus fines.
La teoría de Dawkins no resulta descabellada, atendiendo a la evolución
del pensamiento científico, que paulatinamente ha ido despojando al hombre de
su fatua concepción de centro y vértice del universo. Galileo nos descolgó
del geocentrismo y hemos acabado en una de las barriadas de una galaxia
insignificante. Darwin nos descabalgó del antropomorfismo y hemos acabado
siendo una más de las muchas ramas de la diversidad biológica, sin títulos
especiales que nos permitan considerarnos centro de nada. El punto de vista de
Dawkins añade un plus adicional al despojar a los humanos de vida e integralos
en el terreno de las máquinas al servicio de otros fines.
En su relato de la aventura espacial humana, Clarke incorporó al
ordenador HAL, disfrazada forma de citar a IBM restando una letra en cada carácter,
como elemento decisivo para la conquista el sistema solar. HAL es el ordenador
de la nave espacial que, por razón de su propia inteligencia, pretende ejercer
el control total y a causa de ello acaba enfrentándose a los hombres, sus
creadores, en un duelo sin cuartel. La victoria humana frente a la máquina, a
pesar de las dificultades, es la lección optimista que se desprende de aquella
odisea espacial.
El desciframiento del genoma humano se ha anunciado a bombo y platillo en
el planeta, con Bill Clinton como maestro de ceremonias. La extraordinaria
importancia del paso adelante que eso representa no debe dejar de resaltarse. El
hombre dispone ahora del mapa de la vida y aunque todavía no sabe descifrarlo
no tardará mucho decenios en entenderlo. Y entonces, habrá ocurrido lo que
Clarke planteó en su odisea espacial. La simple máquina de supervivencia, el
hombre, el HAL creado por los genes, pretenderá ejercer el control y dominar a
sus creadores.
Aplíquese la similitud con la obra de Arthur Clarke. A la revolución
que representa el dominio del genoma, nueva odisea del milenio que abre campos
inexplorados hasta la fecha, habrá que incluirle como riesgos, aparte los
aprovechamientos con fines discriminatorios y de desigualdad, la reacción de
los programadores frente a la máquina. Y esperemos que esta vez, contradiciendo
el optimismo de Clarke, sea HAL quien gane la partida. En otro caso, vamos apañados.
Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.
julio 2000
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