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Globalización y tipos de cambio

 

Los habitantes del planeta asistimos entre esperanzados y asustados al espectáculo de la globalización, esa interacción creciente en la comunicación mediática, política y económica entre los distintos países del planeta,  que en el terreno económico tiene como actor protagonista la fluidez de los capitales, de secundario la fluidez de los bienes y de los servicios y de marginal, aunque vistoso, la fluidez de las personas.

 

          Esa mayor interacción se hace especialmente perceptible en algunas áreas del mundo, como le ha ocurrido a Europa, en la que el ciudadano no solamente observa esos cambios sino que se han concretado de forma ostensiblemente visible en  sus medios de pago,  obligándole a que sucedan en una moneda distinta y común, de clara concreción física.

 

          El euro constituye en sí un meridiano símbolo de globalización aplicada al ámbito europeo.  El que se haya adoptado en Europa conlleva una resuelta disposición de sus gobernantes para promover la unificación política, pero responde también a las conveniencias económicas de sus países, a los que les ha resultado preferible durante años mantener un Sistema Monetario Europeo frente a tener tipos de cambio libres entre sí, y que han preferido acabar en un régimen cambiario tan marcadamente fijo que lo han convertido en ultrafijo e irrevocable, renunciando incluso a sus propias monedas.

 

          De acuerdo con ello los fenómenos de integración y globalización parecen requerir sistemas monetarios sometidos a reglas de tipos de cambio fijo, e incluso monedas únicas.  Así ocurrió también durante la anterior globalización, vinculada al oro como moneda mundial.

 

          Ahora que el mundo se estructura en grandes regiones monetarias, con el dólar, el euro y el yen como protagonistas principales, cabe preguntarse si no es necesario entre ellas, por la misma senda globalizadora ocurrida entre las que fueron monedas de Europa, un régimen cambiario mundial sometido a tipos de cambio fijos en vez de la mera flotación entre las monedas.

 

          Mantener tipos de cambio flotantes tiene como ventaja para las distintas zonas las de actuar como estabilizadores automáticos realizando ajustes rápidos y poco costosos frente a perturbaciones externas o frente a inflaciones importadas. Pero, sobretodo, da la posibilidad a cada una de las zonas de tener autonomía en sus políticas monetarias para perseguir sus propios objetivos. Si las grandes monedas se vinculasen a un régimen de tipos de cambio fijo entre sí, sea directamente o sea mediante bandas de fluctuación, las políticas monetarias de cada una de las zonas quedarían inmediatamente mediatizadas. Con el protagonismo alcanzado en la globalización por los flujos de capitales, sin establecer controles o limitaciones a esos flujos sería difícil para los respectivos bancos centrales realizar intervenciones prolongadas en sus tipos de cambio que soslayasen afectar a sus ofertas monetarias internas. Dicho de otro modo, si los tipos de cambio de las grandes monedas del mundo estuviesen regulados entre sí variarían sin duda menos, lo que favorecería el comercio entre las zonas, pero a cambio variarían más sus tipos de interés, como consecuencia de la repercusión cambiaria en sus ofertas monetarias internas, por lo que los tipos de interés en las distintas zonas mundo se harían más volátiles. Eso no beneficiaría precisamente a los países menos desarrollados, que se verían compelidos a sufrir las consecuencias de la volatilidad en los tipos de interés en la carga de su deuda externa, generalmente extensa.

 

          De todas formas, las grandes zonas monetarias no se encuentran todavía en la situación de los países europeos. El grado de integración entre sus economías es aún muy bajo y sus flujos comerciales externos muy reducidos, por lo que los beneficios de mantener una moneda mundial común o unos tipos de cambio reglados aún son escasos.  Aún así, las grandes zonas monetarias se enfrentan al dilema del prisionero entre ellas. Aunque mantener tipos flotantes les dé más autonomía y libertad de acción interna, actuar radicalmente por libre no puede resultarles a largo plazo beneficioso. Les es preferible la cooperación, al menos, en la coordinación de sus políticas.

 

Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.

 

 

 


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