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La venta de las feas 

Al escribir Clío, primer libro del padre de la Historia, relató Heródoto una curiosa costumbre babilónica, compartida también por los vénetos de Iliria.  Trataban esos pueblos de solucionar el complicado mundo de los matrimonios, para lo que anualmente celebraban una subasta. A ella concurrían un sin fin de hombres, siendo precisamente el sujeto subastable la totalidad de las doncellas en edad de casar. A la hora de efectuar la subasta, ordenaban las mujeres por su belleza, de forma que la primera en subastarse fuese Miss Babilonia, lo que asegura fuertes pujas, elevados precios y considerables ingresos para el subastero. Una vez vendidas las guapas, para vender las feas, se utilizaban los ingresos obtenidos con la venta de las guapas, de forma que la subasta invertía el precio y los que se quedaban con las feas recibían bonificación. 

       Muchas técnicas de venta utilizan esquemas de incentivación para ampliar la colocación de productos, como cuando se vende por lotes, atrayendo la compra del desodorante inútil a base de venderlo unido al buen champú. El interés en ampliar el volumen de lo vendido lleva también a a cautivar al comprador por la vía de ofrecer más al mismo precio, como las ofertas de viaje de dos personas por el precio de una. También la banca sabe mucho de la negociación basada en compensaciones, de forma que se muestra dispuesta a ofrecer el crédito siempre que a cambio el cliente la compense con la adquisición de otros productos adicionales.   

       En bienes básicos o de interés social no es infrecuente encontrarse con facilidades que aseguren el acceso, como los tipos de interés bonificados o protegidos para la adquisición de viviendas para colectivos necesitados (las feas). 

       Pero el esquema de funcionamiento babilónico tiende, además, a asegurar la colocación total del stock de doncellas-producto, evitando que surjan invendidos. En el fondo, son las doncellas guapas, como dice el propio Heródoto, las que acaban casando a las doncellas feas, lo que exige un mecanismo de intervención publica, puesto que las ganancias de la venta de las guapas no se privatizan en su totalidad sino que se utilizan para asegurar la colocación de las feas.  

       Pasa algo por el estilo en la electricidad. Para que todos los ciudadanos tengan luz y no quede demanda insatisfecha (todos las doncellas casaderas se casen) es necesario productores que fabriquen la energía necesaria (hombres dispuestos a pagar) aun cuando ciertas puntas de demanda (las más feas) solo sean deseables con bonificaciones. Y eso funciona si existen reguladores públicos. En otro caso, alguna fea se quedará soltera (los sufridos ciudadanos viviremos apagones).  

Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.

    

 


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