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Multinacionales, infiernos y agujeros negros

 

Las multinacionales ocupan en nuestro mundo actual un lugar significativo, sensiblemente superior en importancia al que tenían en siglos pasados y su creciente influencia deriva del gigantismo que han alcanzado.

 

Desde que el profeta Isaías manifestó que el Rey de Babilonia sería “precipitado al infierno, a la más profunda fosa”, sabemos que su castigo no sería banal sino profundo y para reforzar la idea el Concilio de Constantinopla del 553 se encargó de recordarnos que allí no se haría una simple purga, sino que una  eterna fosa de fuego torturaría a los caídos. Pero la concreción del infierno, tan brillantemente penoso,  se ha ido desvaneciendo a lo largo de los siglos,  hasta ponerse en duda su existencia y, por supuesto, su eternidad. En su auxilio,  sin embargo, ha acabado llegando la astronomía.

 

El observador del cielo estrellado no deja de maravillarse de la miríada de estrellas que coronan nuestro firmamento. Ve allí puntos y puntos de luz que el saber actual  ha dado en convertir en soles, muchos de ellos enormes, convirtiendo el nuestro en una mediocre bola de fuego, frente a inmensas estrellas de gigantescas masas.  El observador del mundo económico ve asimismo centellear miles y miles de empresas, que brillan como soles en la geografía del planeta y que como las estrellas nacen, viven y mueren, transformándose algunas de ellas cuando alcanzan la madurez en enanas blancas, otras en gigantes rojas y otras en extraños pulsares .

 

Cuando Karl Schwarzschild planteó hacia 1916, siguiendo desarrollos de la teoría de la relatividad de Einstein, la magnificación de la masa  de las estrellas, vino a plasmar la idea de inmensos sumideros gravitacionales,  capaces de absorber todo,  tal como dos siglos atrás ya había sugerido el catedrático de Cambrigde John Mitchell.  Toda vez que la teoría de la relatividad predice que la luz está sometida también a la atracción gravitacional, cabía imaginar estrellas con tal concentración de densidad y masa que ni tan siquiera la luz, sometida a la presión gravitacional, pudiera escapar de ellas pero hubo que esperar a que John Wheeler le diera en 1969 a la idea el gráfico nombre de agujero negro para que se convirtieran en objetos asimilables por el gran público. Es tanto el brillo de las más gigantescas y poderosas estrellas, de las reinas del firmamento, que paradójicamente se convierten en las más profundas, oscuras y negras fosas.

 

Las multinacionales de nuestro mundo económico tienden a alcanzar el gigantismo en sus actividades. Crecen desmesuradamente, concentrando actividades, filiales y  personas. Se unen, absorben, fusionan y en suma, engullen empresas, convirtiéndose en inmensos focos de atracción gravitacional. En su crecimiento se enfebrecen, como quásares o estrellas de neutrones de desorbitado giro, pero es tal su tendencia a la concentración de masas que son los agujeros negros de nuestro sistema económico planetario.

 

Nada que haya entrado en un agujero negro puede salir del mismo, ni tan siquiera la luz. El agujero atrae hacia sí los objetos que una vez rebasado su horizonte, quedan definitivamente atrapados en él. También las multinacionales atraen hacia sí los recursos económicos  y convierten en internas las actividades, atrapando en su acción intraempresarial lo que antes resolvía el mercado, absorbiendo su transparencia y su luz.

 

El espacio-tiempo, de acuerdo a la teoría de la relatividad, se modifica en las proximidades de un inmenso campo gravitacional. No solamente el visitante que llegue al horizonte del agujero negro será engullido, torturado y quemado por su inmenso calor interno, sino que su tiempo irremediablemente se ralentizará hasta prácticamente pararse, deformado por el campo gravitacional, de forma que su caer a la fosa del agujero no será en ningún caso un brusco descenso, sino, antes al contrario, el visitante lo vivirá como un inmensamente lento, eterno, descenso a los infiernos.

 

Es de esperar que las multinacionales deformen el espacio-tiempo del mundo económico que hasta la fecha hemos conocido. Pero no es deseable, sin embargo, que su fuerza gravitacional llegue a convertirlas en los infiernos de nuestro planeta. Los gobiernos de los países o las organizaciones internacionales se tendrán que encargar de ello.

  

Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.


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