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Llueve sobre mi corazón argentino
Sobre
el desastre económico argentino surgen una y otra vez voces que recuerdan la
corrupción política y miran una y otra vez hacia ella como causa explicativa
del hundimiento del país.
Sin
embargo, aunque la corrupción esté asentada en el sistema, es difícil de
creer que ese fenómeno sea el
actor principal de la tragedia y no un mero actor secundario que simplemente
refuerza el malestar social, político y económico que sufre el que fuera El
Dorado de las inversiones multinacionales españolas.
La
convulsión inflacionista que vivió Argentina años atrás fue cortada de cuajo
volcando el país hacia un régimen de tipos de cambios fijo, con paridad
nominal por igual entre dólar y peso. La receta de anclarse a la moneda de otro
país que no sufra tantas tensiones inflacionistas como el propio funciona,
porque se trata de colocar a los agentes económicos un cinturón de castidad
inflacionista, dado que las subidas de precios se traducen en pérdida directa
de competitividad, lo que acaba perjudicándoles.
Para
que el cinturón de castidad funcione bien es necesario, sin embargo, que se
sepa con meridana claridad que se ha perdido la llave, es decir, que el tipo de
cambio es inamovible y no va a ser alterado en ningún caso. Si los agentes
pensasen que cabe la posibilidad de devaluar actuarían más alegremente con los
precios pensando que la campanada devaluatoria cubriría sus excesos. Por tal
motivo, Argentina se decidió por un tipo de cambio ultrarígido, proclamándolo
a viento y marea a base de hacer de su banco central una mera caja registradora, encargada exclusivamente de
convertir los dólares en pesos o viceversa. Así, renunciando explícitamente a
que su banco central dispusiese de instrumentos de política monetaria, dejaba
claro que la llave del cinturón había caído al fondo del mar.
Después
de eso, si el país no dispone de movilidad alguna de su tipo de cambio,
cualquier perturbación o tensión tiene que resolverse por el puro y duro
ajuste real, lo que significa que conviene a toda costa disponer de una economía
flexible, competitiva y adaptable, porque en otro caso el ajuste ante la
perturbación que se presente será aún más duro. Argentina también sabía la
lección y de ahí que haya sido en los años pasados país puntero en acciones
desreguladoras y en vocación privatizadora y haya facilitado un amplio fluir de
capital extranjero.
Lo malo para Argentina ha sido que el buque insignia al que se ancló ha
corrido demasiado deprisa en los últimos años. La economía norteamericana ha
crecido en el último decenio lo imposible, con mejoras sustanciales de su
productividad muy por encima de las que podían conseguir los argentinos y la
mayor parte del mundo. Otros países se han defendido depreciando su moneda o,
si mantenían anclaje, rompiendo amarras y devaluando. El área económica próxima
a Argentina, MERCOSUR, jugó a la devaluación, quitando a la casta doncella
argentina aún más competitividad y arrastrándola a la recesión.
El mercado internacional castigó duramente con altos tipos de interés el déficit público surgido de la recesión y para evitarlo se apostó por su reducción, lo que viene a significar más ajuste duro. Detrás de ello, la suerte estaba echada: Demasiado malestar para que no apareciese el riesgo de la revuelta social.
Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.
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