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Magnetismos
urbanos
La primera vez que mi amigo Andrés salió de viaje me envió una postal panorámica de Coruña, señalando el punto elegante al noroeste de la ciudad, donde soñaría con irse a vivir. Volví a encontrarme con postal suya de San Sebastián, marcando el barrio bien de sus sueños, también al noroeste. Luego hubo de viajar más y poco a poco me fueron llegando sus recuerdos de Vigo, de Huesca, de Pamplona, de Cáceres o de Córdoba, siempre con la cruz soñada al noroeste. Andrés continuó y me llegó la marca en Puerta de Hierro en la postal de Madrid, o la de Pedralbes en Barcelona o la de Neguri en Bilbao. Y siempre al Noroeste. Aquello ya escamaba. Lo malo fue que se volvió más viajero. Me llegaron noticas suyas de Lisboa y luego siguieron postales de Marsella, de París con el quartier de L’Etoile bien marcado, de Londres con su redondel en Chelsea, de Berlín, de Copenague o de Viena y todas apuntando siempre el barrio pijo al noroeste. Empecé entonces a pensar que las ciudades estaban polarizadas. Pero mi amigo no paraba. Vi una foto suya en el elegante barrio de I Parioli de Roma y también estaba polarizado. Siguieron más postales, de Palma de Mallorca, de Argel, de Casablanca, de Fez, del Cairo, de Atenas, de Estambul o de Ammán y todas siempre igual, con el barrio elegante entre el norte y el oeste. Para mí ya no había duda: las ciudades estaban magnetizadas y se comportaban como los átomos de un imán, ordenados y orientados en una rígida estructura geográfica espacial con los ricos siempre arriba. Para colmo, Andrés cruzó el charco y se fue a Santiago de Cuba, a Managua y luego a Guatemala. Me mandó incluso también un bonito recuerdo desde Sausalito, en San Francisco. Y en todos ellos también ocurría que los ricos estaban magnetizados, encaramados en el norte/oeste de sus ciudades.
Luego me vino
el desengaño. Andrés me mandó una foto suya desde Nusadua, en Bali, pero esta
vez la crucecita en la postal no estaba donde supuestamente debía.
Posteriormente se fue a Hobart, en Tasmania y allí le vi yo, paseando por Davey
Street, pero era el sudeste. Desde Camberra me señaló el entorno de Yamalumla,
pero tampoco tiraba al Norte, sino al Sur. Cuando posó en la bahía de
Elizabeth Bay de Sidney también me dijo que allí estaba la elegancia, pero era
el sudeste. Vaya, mi teoría magnética se había hecho añicos. Solo era cuestión
de conocer mundo para ver que las sociedades humanas no se ordenan como los
cristales o los imanes.
Entonces
fue cuando recibí la postal de Andrés desde Punta del Este en Uruguay, lo más
chic de lo chic. Y luego desde Buenos Aires, sentado en una terraza elegante
entre Recoleta y Palermo, hacia el este de la ciudad. Cuando recibí su postal
desde el rico barrio de Las Condes de Santiago de Chile yo ya sabía hacía dónde
iba a apuntar, hacia el este, porque al fin y al cabo yo tenía razón y el
mundo de las ciudades tiene la distribución de la riqueza polarizada de la
misma forma. En el hemisferio norte hacia el norte-oeste y en el hemisferio sur
hacia el sur-este. Pero, ¿por qué esa magnetización tan propia de estructuras
físicas inanimadas?.
No fue
necesario que Andrés me lo explicara. Me bastó con pensarlo mientras se
vaciaba mi bañera. La causa era física, era la fuerza de Coriolis, era el
movimiento de la tierra que hace que el viento dominante en el hemisferio norte
venga del noroeste en tanto que en el hemisferio sur provenga del sudeste. La
causa era el origen industrial de la expansión de las ciudades y el repelús de
los ricos por el humo de las chimeneas. La polaridad era olfativa.
Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.
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