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La Bolsa y las mantis religiosas
Cuando
el viajero se acerca a Bolsover, en el oeste de Inglaterra, por las proximidades
de York, sólo puede ratificar lo que sabe de antemano, que la campiña inglesa
es redomadamente hermosa y también puede atisbar que está próximo a la tierra
de Bess de Hardwick, la mujer más rica de las ricas en su época, allá por el
siglo XVI, cuando la Armada Invencible española se empeñaba inútilmente en
castigar a la pérfida Albión.
Se sabe de las mantis religiosas que son artrópodos depredadores con
fuertes púas en sus patas frontales para agarrar a sus víctimas y que las
hembras son más fuertes y mayores que los machos. Pero lo que ha hecho
archifamoso al insecto es el canibalismo sexual de sus hembras, proclives a
devorar a sus machos durante o tras el apareamiento.
En los mercados bursátiles es también frecuente que los pequeños inversores que los germinan sean devorados por las manos fuertes. Al calor de los periodos alcistas, cuando los fuegos artificiales se encuentran en su esplendor y las cotizaciones suben como la espuma, los pequeños inversores, generalmente poco informados, acuden en enjambre al panal de rica miel con ánimo de fecundar el mercado. Las manos fuertes, los inversores mayoristas, los bien informados, liberan entonces lastre de sus carteras, facilitando la cópula.
No podría decirse de Bess de Hardwick que su actuación fuese como la de
las mantis religiosas, biológicas o bursátiles, aun cuando sus resultados no
fuesen muy diferentes. Acumuló castillos y condados, como Chatsworth, Shewsbuy,
Sheffield, Rufford, Tutbury y muchos más y todo lo consiguió, siendo prácticamente
de cuna humilde, acumulando viudedades y maridos. Pasaron por sus manos un
matrimonio tras otro, el primero con un gentilhombre ligeramente rico, Robert
Barlow, para seguir un ritmo in crescendo en la elección de nuevos maridos,
cada vez más prosperos y más ricos. Desde William Cavendish, a William
St. Loe y finalmente George Talbot. Todos
ellos fueron personajes relativamente influyentes en su Inglaterra natal, pero
Elisabeth de Harwick, supo montar sobre la grupa de sus respectivas herencias
hasta acabar siendo ella la verdaderamente influyente, e intrigante,
en la agitada sociedad que le tocó vivir.
Las mantis bursátiles enviudan pronto. Una vez se satura la fiesta de la cópula en la que los pequeños inversores han comprado ávidamente títulos, las cotizaciones caen espectacularmente, dejando atrapados en pérdidas al enjambre, que incapaz de reaccionar a tiempo, cede finalmente a las fauces de las mantis. Estas ingieren a bajo precio los títulos, lo que significa consolidar las pérdidas de los pequeños inversores, canibalizados tras la cópula. Las mantis, acumulan así patrimonios, castillos o condados. Eso sí, difícilmente tan bonitos como las posesiones de Bess de Harwick.
Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.
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