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Maravillas contables
El océano
financiero se está salpicando de sucesivos affaires contables, poniendo en
entredicho la credibilidad de los mercados y dejando entrever que la verdadera
situación económica de las empresas dista mucho de lo que expresan sus números
y sus balances.
La
contabilidad, vieja dama de doble clara que descubriera Fray Luca Pacciolo, ha
ido derivando paulatinamente desde su inicial labor de fiel reflejo de la
actividad hacia convertirse en un vehículo informativo y promocional de las
empresas.
Como
consecuencia de ello, en periodos expansivos como los vividos en los años
anteriores, donde la ampliación de los mercados obliga a las empresas a crecer
para conservar cuota o la aparición de nuevos mercados, como el virtual de
Internet, exige tomar posiciones
estratégicas para acaparar economías de red, la contabilidad imaginativa se
encarga de hacer más digerible las fuertes necesidades de inversión, haciendo
poco explícitos en los balances y en las cuentas de resultados los costes del
crecimiento. Así, las empresas se embarcan en la aventura del crecimiento
atrayendo gestores a los que se ilusiona con participar en futuros beneficios, vía
opciones sobre acciones de la sociedad, que no dejan gran huella contable y se
captan capitales, propios o ajenos, evitando hacer mención al coste de su
captura. Se enfatizan así nuevos conceptos, tipo EBITDA, con los que se
resaltan los logros de la explotación del negocio sin tener en cuenta el coste
del endeudamiento en que se incurre.
Cuando pasa la fase expansiva y comienzan los problemas es cuando resulta
más necesario que nunca hacer uso de la imaginación contable. Sin ilusiones en
los mercados, evaporados los beneficios futuros, quedan entonces las escasas
ganancias, cuando no las pérdidas y se hacen más ostensibles los elevados
costes de la fiesta del crecimiento. La maravilla contable se embarca entonces
en la necesidad de disfrazar y ocultar lo incómodo. Se evita contabilizar el
coste de las stocks options ejercitadas, para que no reduzca los mermados
beneficios. Se sortea a la cuenta de pérdidas y ganancias, haciendo que sean
las reservas las que carguen directamente con las pérdidas, sin que quede
reflejo en la cuenta de resultados, que queda así regateada. Se inician bailes
de sociedades guapas y bien plantadas con sociedades o con filiales feas,
emparejándolas o fusionándolas, para que los beneficios de unas escondan la
realidad de las pérdidas de las otras. Se
minimizan las amortizaciones y se diluye el impacto negativo sobre los
resultados olvidando realizar las pertinentes provisiones.
Surgen así las
maravillas. La contabilidad se convierte de esa forma en un campo fértil para
la imaginación. Se ganan medallas en creatividad, pero lo que acaba quedando en
entredicho es la credibilidad.
Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.
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