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Money, new Money
En el siglo VIII antes de Cristo los lidios acuñaban monedas de oro y plata. Así lo creía al menos Herodoto, que les otorgó el mérito de ser los primeros en ese tema y de paso se encargó de ponerles como hoja de perejil por la conducta libertina de sus mujeres. Quizás es que Herodoto creía que el dinero corrompía las costumbres.
Ha llovido mucho desde entonces y en el mundo se han usado toda clase de instrumentos como medios de pago. Conchas marinas, tabaco, sal, aceite o pieles han pugnado con los metales preciosos por llevarse el gato al agua. Pero ninguno de esos instrumentos ganó la carrera del dinero. El vencedor estaba emboscado en forma de tecnología y se llamaba papel. Así surgió el predominio de los billetes de banco. Su victoria fue grande pero no aplastante ni eterna porque pronto otras formas de dinero, los depósitos bancarios, provistos de puntas de lanza como los cheques, las transferencias o las tarjetas de crédito, quitaron al billete el protagonismo en los grandes pagos y redujeron su territorio de acción a los pagos de pequeña cuantía, conviviendo además con las monedas, recluídas en el nicho de las mínimas cuantías.
La imparable tecnología plantea ahora un nuevo frente de batalla. El incipiente dinero electrónico, en forma de tarjetas de plástico prepagadas o almacenado en la memoria de los ordenadores, tiene mucho terreno por conquistar, en reto abierto con los billetes de banco y la moneda fraccionaria.
El comercio electrónico tiene su complemento natural en el dinero electrónico. Nadie duda de las inmensas posibilidades de desarrollo del comercio por internet pero esas serán también las aguas de expansión del ciberdinero, que además, creará sistemas de pagos alternativos a los existentes.
Para rentabilizar las considerables inversiones que se están realizando en el desarrollo del comercio electrónico, creando sistemas de venta por conexión de ordenadores, las reinas del próximo siglo -las empresas de telecomunicación- van a querer entrar en el negocio de mediación en los pagos, pretendiendo emitir por sí mismas dinero electrónico.
En Europa las alarmas, a pesar de lo incipiente del fenómeno, ya han saltado. Si el dinero electrónico es una revolución capaz de crear sistemas de pago independientes de los bancarios y puede ser emitido por empresas ajenas a ese mundo, se va a evaporar la información que ahora tienen las autoridades monetarias y el control del dinero se va a hacer más dificil, poniendo obtáculos crecientes a las medidas de política monetaria.
Por ello, el Instituto Monetario Europeo, precedente del Banco Central Europeo, se planteó pronto la necesidad de que los emisores de dinero electrónico debieran estar sujetos a una supervisión prudencial y sometidos a cumplir un coeficiente de caja y sugirió como solución sencilla que se limitase expresamente el acceso a ese negocio sólo a las entidades de crédito.
El Banco Central Europeo ha ido por el mismo camino y ha pedido a la Comisión Europea que el dinero electrónico quede reservado exclusivamente a las entidades de crédito.
La Comisión no ha hecho oídos sordos al problema que se avecina. Ya hay en marcha una directiva europea próxima a ser aprobada. El dinero electrónico es el nuevo plato a saborear en el mundo, si bien en Europa los cocineros que preparen el guiso irán vestidos de banqueros.
Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.
20/10/99
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