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AQUELLOS TIEMPOS DEL ORO
Estamos a punto de despedir definitivamente los billetes y monedas de peseta, la divisa española que surgió de las aspiraciones de la Gloriosa Revolución de disponer aquí de una moneda como el franco y de paso integrarse en la Unión Monetaria Latina, que Francia y otros habían acordado en 1865 para establecer un patrón bimetálico oro-plata.
Sin embargo, la Gloriosa dio un paso a destiempo, porque los vientos de la guerra
franco-prusiana dieron al traste con la Unión Monetaria sin que España llegara siquiera
a decidir integrarse, en tanto que el encarecimiento del oro obligó a España a adoptar
de facto la plata como patrón para pocos años después romper cualquier convertibilidad
a metal de los billetes de pesetas, formando, también de hecho, un sistema de dinero
fiduciario con tipo de cambio flotante.
Por el
contrario, al tiempo que la Unión Monetaria se transformaba en letra muerta, los
restantes países, con Alemania y Estados Unidos a la cabeza, vista la caída mundial del
precio de la plata, decidieron adoptar como patrón el oro y abocaron al mundo, la Francia
derrotada incluida, hacia un sistema de tipos de cambio fijos basados en él.
Si bien la
fuerza de los acontecimientos excluyó a
España del sistema, lo cierto es que el mundo pasó a tener una única moneda metálica
de referencia y las distintas divisas nacionales pasaron a ser simples símbolos locales
de ese oro. Cada país garantizaba expresamente la convertibilidad fija de su moneda al
preciado y refulgente metal, con lo que, salvo excepciones como la nuestra, el oro era
simplemente la moneda del mundo.
Para que el
patrón oro funcionase era necesario que los países adheridos al sistema cumpliesen dos
reglas bien simples. La primera era que su divisa estuviese definida por una cantidad
determinada de oro. La segunda era permitir la libre entrada y salida del oro de su país,
sin restricción alguna. Solo mediante esas dos reglas se conseguía disponer de un
sistema monetario internacional que permitía el ajuste de las balanzas de pagos, evitando
excesivos déficits o superávits. El funcionamiento era bien sencillo: el exceso de
importaciones de un país se convertía para él en una salida del oro, lo que le
obligaba, para mantener el valor de su moneda, a reducir sus medios de pago, con la
consiguiente dificultad para seguir importando en exceso.
El patrón oro
no solamente conseguía el ajuste internacional de los pagos sino que imponía una
disciplina monetaria a los países que se convirtió en el medio idóneo para asegurar la
estabilidad de precios. Bajo los auspicios del oro el mundo vivió ajeno a los riesgos de
la inflación y se permitió el lujo de una intensa globalización
con un fuerte crecimiento económico.
Aunque las reglas explícitas fuesen tan sencillas detrás del escaparate eran
necesarias dos condiciones más para que el sistema funcionase. La primera condición era
de carácter político. El mundo necesitaba tener el poder lo suficientemente repartido
como para que ninguna potencia fuese capaz de imponer su divisa propia como moneda mundial
y aprovecharse así de los derechos de señoriaje. Esa circunstancia ocurrió entonces
pero terminó a partir de las guerras mundiales. La otra condición era que los bancos
centrales actuasen pasivamente y no pretendiesen realizar políticas monetarias
independientes que trampeasen las propias reglas del sistema. Por desgracia, el oro como
moneda mundial surgió justo cuando los bancos centrales empezaron a despuntar y no
tardaron mucho en esterilizar con sus maniobras el mecanismo de ajuste internacional. Las
consecuencias fueron claras. El patrón oro se vino abajo, la globalización se esfumó y
el mundo entró en la vorágine inflacionista del siglo XX. Para cuando se quiso
establecer, tras la II Guerra Mundial, un
nuevo sistema internacional, los americanos ya lo tenían claro. Si había de existir una
moneda mundial, que se quitase de en medio el oro, la unitas o el bancor de Keynes: el
dólar ya cumplía la función. Quien manda, manda.
Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.
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