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Guerras, Bolsas y engaños

 

Disponer de información es siempre disponer de poder. Pero ese poder se acrecienta si el resto de la gente, encima, está convencida de la información contraria, o, con malas artes, se la convence de ello. En la guerra y en la Bolsa es donde más crudamente se pone de manifiesto lo dicho y para muestra, véanse estos botones, uno de ellos de reciente actualidad, puesto que ha dado lugar a la concesión de la Medalla del Imperio Británico a una onubense nostálgica.

 

El cuidadoso bordado del espionaje británico durante la Guerra Mundial acabó inclinando la balanza a favor de los aliados, al conseguir engañar a Hitler. Los ingleses prepararon expresamente una trampa bien tejida, con muerto incluido. Se trataba de un desconocido fallecido en uno de sus hospitales y su cadáver, adecuadamente disfrazado con uniforme de la Royal Marine, con falsa identidad y aún más falsos documentos con planes de desembarco, fue trasladado por un submarino hasta la proximidad de las costas españolas para que pudiese aparecer ahogado. Lo encontraron en Punta Umbría y así pudo saber Hitler que Grecia sería el punto caliente del desembarco aliado y dejar desguarnecido el sur de Italia, para provecho de su enemigo, que penetró por Sicilia.

 

        Pero que la información es poder en todos los ámbitos y que su hábil manipulación da grandes resultados especialmente en la Bolsa, lo dejó bien acreditado en las guerras napoleónicas el financiero Nathán  Rothschild. Era él quien financiaba a Von Bulow, el ministro de Hacienda prusiano y su fortuna dependía del resultado de la confrontación en Waterloo entre el ejército de Napoleón y los aliados.

 

        Rothschild asistió a la batalla y se retiró lo más pronto que pudo en cuanto vio que la suerte jugaba contra Napoleón.  Se dirigió con rapidez hacia Bruselas y por el camino soltó desde la ventanilla de su coche una paloma mensajera camino de su palomar en Londres con una información tremendamente escueta: una N con una corona imperial invertida.

 

        Nathán siguió con rapidez su camino hacia Londres, con la finalidad de ser el primero en llegar allí. Hubo de embarcar en el puerto de Oostende pagando un precio astronómico por el barco que le llevase a la costa inglesa. Una vez en Londres, con la ciudad plagada de rumores sobre la victoria napoleónica lanzados por los agentes de Natlán, se fue directamente a la Bolsa con su gesto más triste, guardó un mutismo absoluto y dejó bien visible su preocupación por el resultado de la batalla. La reacción no se hizo esperar y los valores cayeron precipitadamente descontando la derrota aliada. El secretario de Rothschild, entretanto, fue comprando durante horas cuantos títulos quiso a precio de saldo.

 

Cuando por fin llegó la información veraz de la batalla y se produjo la euforia, Nathán Rothschild se hizo inmensamente rico. En unas pocas horas de engaño, manipulando hábilmente la información, inclinó la diosa de la fortuna en su favor.

 

Y, aunque ahora las ganancias difícilmente pueden depender de palomas mensajeras ni los engaños pueden mantenerse por horas, el principio de que la información es oro continúa y continuará incólume.

 

 

Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.

 


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