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Paraísos fiscales
En los meses pasados las aguas turbulentas en uno de
nuestros gigantes financieros removieron fondos ocultos y referencias a
inversiones en paraísos fiscales, poniendo de manifiesto una vez más para el
ciudadano medio la existencia de tales tipos de países, donde se disfruta de
largas vacaciones tributarias y de relajada vida impositiva.
Es normal que
pequeños países encuentran vías de negocio, dado que no pueden disponer de
otros recursos por su misma nimiedad territorial, en atraer capitales
extranjeros con el incentivo de ofrecer mayor rentabilidad financiero fiscal.
Puesto que sus necesidades presupuestarias son obligatoriamente escasas, dado su
tamaño y reducida población, pueden mantener una bajísima exigencia
tributaria, lo que les vuelve especialmente atractivos para los capitales
extranjeros, compelidos normalmente
a cumplir con exigentes sistemas tributarios en sus países de origen. Los paraísos
fiscales actúan así de atractores internacionales, con actitud claramente
depredatoria, captando con malas artes capitales ajenos.
Lo peculiar es,
sin embargo, que no necesariamente los paraísos fiscales se basan en la
existencia de un estado independiente, soberano, capaz de mantener sus propias
reglas aunque impliquen notoria competencia desleal respecto de otros países,
hurtándoles los capitales con sus cantos de sirena. Antes al contrario, los
paraísos fiscales suelen mantener relaciones de proximidad con los países
depredados. La cercanía no tan solo es geográfica, sino también política,
porque habitualmente el gran estado depredado por el pequeño país, comparte
con él la soberanía, o bien consiente la situación o la soporta con alegre
estoicismo, sin generar tensiones políticas o denunciar airadamente su
manifiesto descaro fiscal. Pero no solo eso, sino que frecuentemente los paraísos
fiscales existen dentro de una misma soberanía política, como excepciones a un
sistema fiscal uniforme de un único país. Para esas artes están especialmente
dotados los anglosajones, maestros a la hora de dotar a islotes, peñones o
colonias de singularidades fiscales y opacidades mercantiles.
La cuestión
está entonces en lo que de verdad representan los paraísos fiscales. Pareciera
en principio que se tratara de simple piratería. Pero los paraísos son algo más
que países marginales, apartados de las buenas maneras internacionales. Son
fundamentalmente creaciones inherentes a la propia existencia de los grandes
estados y de sus necesidades tributarias. Forman parte del sistema en sí, son
creaciones necesarias para la existencia en sí misma de los fiscos.
Todo mecanismo que conlleva algún tipo de regulación
o coerción requiere su válvula de escape para que la norma o la represión no
llegue a ser en determinados momentos exorbitante. El delito se vincula de forma
biunívoca a la pena pero todo código penal incluye siempre el indulto como válvula
de escape. Los estados democráticos se someten en su funcionamiento al
principio de legalidad, pero
utilizan con el consentimiento de sus parlamentos fondos para reptiles. Cuanto más
rígido y puritano es el sistema matrimonial en una sociedad con mayor
naturalidad se asume la existencia de amantes o queridas.
A los sistemas tributarios les ocurre algo parecido. Para que funcionen
adecuadamente es necesario que dispongan también de reguladores de su presión.
Las normas fiscales en los países se conciben evitando exigir que las
propinas, tan habituales en algunos sectores,
se facturen expresamente, consintiendo así un cierto volumen de dinero
negro entre población poco favorecida, para que sus exigencias no se sientan
como exorbitantes. Lo mismo ocurre con las empresas y con los ricos: los
sistemas fiscales se conciben para ellos incluyendo válvulas de regulación de
presión. Paradisíacas, eso sí.
Enriqure Ibañes
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