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Rembrandt y la euforia financiera

    Las euforias bursátiles son una plaga habitual en los mercados, que parece intrínseca a los mismos o a la psicología de sus participantes. No solo en este siglo se han vivido alzas de precios de brusco acabar, sino que los siglos anteriores están llenos de experiencias eufóricas con posteriores episodios de pánico. Uno de los más famosos se produjo en la floreciente Holanda posterior a la tregua de facto con España lograda en 1.609.

    Doce años antes de nacer Rembrandt el embajador austríaco en Holanda, Ogier Gihslain, había entregado a Carolus Clasius, profesor de botánica de la Universidad de Leyden, el primer bulbo de tulipán procedente de la lejana Turquía.

    Para cuando el virus mosaico atacó a los tulipanes holandeses manchando sus pétalos con colores graciosos de vivas llamaradas, Rembrandt no solo había nacido en el mismo Leyden, sino que había estudiado en el taller de Lastman y había recibido el influjo de Elsheimer y de Caravaggio a través de su maestro. Le había dado tiempo también para trabajar en el taller de Jacob Pynas y en el de Joris van Schooten e incluso acababa de dar el salto de Leyden a Amsterdam en busca de la fama. Corría el año 1634 y de sus pinceles ya había surgido La Lección de anatomía, punto inicial de un arte barroco pleno de énfasis y dramatismo.

    El atractivo de las manchas en los tulipanes comenzó a hacer furor entre los holandeses y los bulbos de tulipán empezaron a cotizarse muy alto en el mercado. La fiebre especulativa comenzaba. Rembrandt abandona los cuadros religiosos que pintaba en Leyden y empieza a pintar retratos por encargo porque la floreciente burguesía holandesa gana dinero y está ávida de inmortalizarse en sus quehaceres. Consigue fama y se introduce en la clase patricia, casándose con Saskia, hija de respetable familia, que le servirá de modelo en tantas piezas.

    Los precios de los bulbos de tulipán no frenaban su imparable marcha hacia los cielos y un solo bulbo se cotizaba por valor superior al de dos carruajes de lujo de la época. La fiebre del tulipán alcanzó a todas las capas sociales, fuesen nobles, burgueses, lacayos o deshollinadores. Los que opinaban que los precios no podían subir más veían con asombro como amigos, familiares o vecinos obtenían extraordinarios beneficios día a día. No es que la gente se hubiese vuelto loca. Simplemente eran conscientes de que podían comprar los bulbos a esos precios porque había una alta probabilidad de poder venderlos a alguien en un breve plazo de tiempo a un precio superior al de su compra.

    También las euforias desarrollan los mercados porque enseguida empezaron a surgir opciones de compra de los propios bulbos, como en nuestros actuales mercados de opciones y futuros. Con un riesgo limitado al coste de la opción se podían obtener beneficios espectaculares aprovechando el apalancamiento. Y cómo no, se pedía prestado para endeudarse en adquirir más opciones.

    Rembrandt expresa también en esa época agresivamente su condición de nuevo rico, dada la fuerte demanda de sus retratos solicitados por una sociedad enfebrecida. Se atreve entonces a trabajar con formatos mayores, sabiendo satisfacer los gustos de los ricos burgueses con minuciosa descripción de sus atuendos pero usando recursos geniales de espontaneidad a la manera de Hals y claroscuros vigorosos para realzar la impresión de realidad.

    Poco podía durar tan intensa euforia. Solo en enero de 1.637 los precios de los bulbos se multiplicaron por veinte. Los inversores más prudentes comenzaron a vender y el mercado empezó a considerar que los precios eran astronómicos. El pánico vino en febrero y los precios se desplomaron en picado, creando un intenso efecto de bola de nieve, hasta que los bulbos no valieron más que una triste cebolla. Y la economía holandesa entró en recesión.

    Rembrandt acusó el efecto con dureza. A la desgracia de la muerte de Saskia y de tres de sus hijos y al rechazo social de su espléndida Ronda de Noche se unió la brusca caída de la demanda general de retratos. Rembrandt inició un largo periplo de ruina económica.

    El mundo y el arte perdieron la euforia de un nuevo rico. Ganaron, eso sí, a un artista universal volcado a una visión más introspectiva de la vida.

 

Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.


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