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DESCARTES Y EL INVERSOR OBSESIVO

    Algunos inversores bursátiles, provistos de técnicas matemáticas que facilitan abundantes señales sobre el momento de entrada o salida en un valor, actúan en bolsa en función de la información que proporciona el análisis técnico, comprando o vendiendo valores con amplia frecuencia, intentando aprovechar las pequeñas oscilaciones del mercado.

    Otros inversores, al calor de las noticias sobre las sociedades o sobre el entorno, siguen obsesivamente las cotizaciones en el mercado, manteniéndose puntualmente informados sobre las oscilaciones de los valores y comprando o vendiendo continuamente en el corto o muy corto plazo de acuerdo a esas variaciones.

    Todos ellos intentan obsesivamente exprimir a corto plazo al máximo sus conocimientos o su intuición sobre el mercado bursátil, cosechando en sus decisiones un considerable volumen de aciertos pero también generalmente un volumen similar de fracasos.

    Permítanme acudir a los últimos meses de la vida de un ilustre filósofo y matemático para ejemplificar los problemas que ello conlleva.

    Tenía Descartes 53 años y mucha hostilidad ganada en sus años de pensador. En su refugio holandés en La Haya, donde durante años obtuvo tranquilidad, le acusaba ahora el teólogo Voetius de libertino. Lejos quedaban sus años de milicia, luchando junto al príncipe de Orange, el protestante Maurice de Nassau, en rebelión contra las tropas españolas o a favor del católico duque de Baviera contra las tropas del rey de Bohemia.

    Afortunadamente la reina Cristina de Suecia sufría de gran curiosidad por el saber y las artes. Descartes, tras largas dudas, vista la hostilidad hacia él de las Universidades de Leyden o Utrech, la enemistad de su antiguo amigo y discípulo Regius y la imposibilidad de obtener una pensión del rey de Francia, decidió aceptar la invitación de la Reina Cristina a vivir en su corte. Y tomó el camino de Estocolmo. Corría el otoño de 1649 y quedaba un crudo invierno por delante.

    La reina recibe entusiasmada a Descartes. Quiere discutir de filosofía, de física, de geometría, del saber universal con el genio. El clima de Estocolmo es duro en ese invierno. La reina manda llamar intempestivamente a Descartes a altas horas de la noche un día y otro día y el filósofo se ve obligado a caminar hacia palacio por las frías calles de la ciudad nevada, con clima hostil, para mantener largas vigilias pensantes. Pronto enferma.

    La reina se muestra insaciable en el saber. Solo le quedan cuatro años para tener que abdicar por impopularidad, pero está dispuesta, en su desorden caótico de horarios, a exprimir obsesivamente el conocimiento del sabio haga frío o calor, esté enfermo o no lo esté.

    René, desfalleciendo, debe acudir una y otra vez a palacio en la gélida noche de la capital norteña. Y no consigue superar el invierno. Antes de que asome la primavera es hombre muerto. Ganó el frío, perdió la reina, murió el sabio.

    El inversor obsesionado con las cotizaciones diarias actúa como la reina Cristina. Es tal su deseo de exprimir el mercado, de obtener rendimiento constante de su sofisticada técnica matemática, de su soberbia intuición, de su sabio pensador, que se ciega ante la conveniencia de operar pensando en obtener rendimientos a medio y largo plazo y deja que sea el frío comisionista, persistente partícipe de sus inquietas idas y venidas por el parquet bursátil, quien acaba ganando de verdad la partida.

 

Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.


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