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Economía y entropía

 

El pensamiento económico es proclive a pensar las cosas en términos de equilibrio estable. Básicamente la idea consiste en suponer que del pulso entre dos fuerzas, oferta y demanda, cada una con sus particulares incentivos, se alcanza finalmente una situación que se acomoda a ambas partes. En otros términos, se tiende a presumir que el mundo económico es una pequeña bola dentro de un tazón vacío, por lo que tenderá a estar en su fondo, sea cual sea su punto de partida, alcanzando así su equilibrio estable.

 

La palabra equilibrio se asocia en nuestras mentes con resonancias de proporción, orden, paz y justa medida, pero no es más que un oximorón y si lo miramos bajo otro punto de vista, el equilibrio al que se hace referencia en economía no es más que el viejo principio físico de la entropía, el que evoca la inexorable flecha unidireccional del tiempo que lleva al mundo hacia la muerte térmica o hacia el acrecentamiento del desorden.

 

       Que la maximización de la entropía es ley de la naturaleza es un principio bien asentado desde que lo formulara Boltzmann, cuando afirmó que los procesos naturales discurren siempre en el sentido de un desorden creciente, lo que significa un mayor equilibrio térmico, o, por decirlo de otra manera, hacia situaciones en las que pueda realizarse el mayor número de posibilidades o crezcan los grados de libertad.

 

       Frente a lo que parece universal en la naturaleza inanimada, el mundo de los seres vivos se ha empeñado en contradecirlo. Los vivos son bien contrarios a la entropía. Son estructuras que tienden al orden, en vez de al desorden. Claro que los vivos  no son un sistema cerrado, sino abierto, en el que entra y sale energía procedente del exterior.  La formulación de Boltzmann sobre la entropía, por universal que parezca, se limita a ser válida para un sistema cerrado, lo que excluye a los seres vivos y de paso, a las agrupaciones de vivos y a sus sistemas sociales y económicos, que no son cerrados, sino abiertos.

 

       Para más complicación, incluso algunas cosas inanimadas pelean también contra la entropía. Y si no, que me expliquen por qué se empeñan algunas nubes, simples gotas de agua teóricamente sin orden ni concierto, en formar hermosas calles perfectamente alineadas en largas líneas rectas, que necesariamente exigen estar muy organizado y ponerse de acuerdo.  Más notoria es la luz láser, que por muy invento que sea no deja de ser un objeto inanimado y una simple lámpara, pero que se empeña en ser un haz de luz autoorganizado, donde todas las ondas luminosas bailan espontáneamente al mismo ritmo, cual si se hubiese puesto de acuerdo entre ellas.

 

       Hace algún tiempo que la sinergética encontró una explicación para ello. El mundo de los sistemas abiertos, que chupan energía de su exterior, y el láser o los frisos de nubes lo son, sea cosa, sea ser vivo o sea ser social, es un mundo darwiniano. De la lucha competitiva entre sus elementos, sean átomos, moléculas, células o grupos sociales, surge un mecanismo espontáneo de autoorganización que da lugar a la cooperación entre los componentes.  El resultado final es de equilibrios dinámicos y caóticos, no necesariamente estables ni únicos. 

 

El mundo económico, por complejo que sea, es difícil que se sustraiga a esa explicación general. Así que quizás no necesariamente es una simple bola dentro de un tazón vacío. Puede que el tazón tenga varias ondulaciones en su fondo y la bola acabe en reposo en cualquiera de esas ondulaciones, se quede en la cima de alguna de ellas o cambie bruscamente y caóticamente de equilibrio.

 

Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.


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