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Sondas, macroeconomistas y barcos petroleros
El piloto de un gran petrolero debe tener especialmente en cuenta la considerable
inercia del buque cuando navega. Al embocar el Bósforo el marino no puede por un instante
olvidar que la salud y la belleza del mítico Estambul depende de su buen tino y que el
inmenso barco reaccionará a sus órdenes, mientras él contempla a lo lejos las torres de
Santa Sofía, con un retraso considerable.
Estamos
en la bola del mundo a 8 minutos del sol, mientras el viaje lo hagamos en un buque capaz
de transportarnos con la rapidez de la velocidad de la luz. Con la exploración del
sistema solar se han conseguido logros ingentes, como lanzar repetidas sondas sobre el
planeta Marte. Pero manejar desde esta bola una sonda espacial que viaje por nuestro
sistema planetario por las proximidades de Marte conlleva darle órdenes que tardan,
corriendo como una centella a la velocidad de la luz, cuatro minutos en llegar hasta la
sonda y otros cuatro minutos en recibirse su contestación. Pilotar desde aquí la sonda
planetaria es aún más difícil que encarar la bocana del Bósforo con el petrolero. El
piloto no puede ver tan siquiera a lo lejos las altas torres de la Constantinopla marciana
y, sin embargo, le es necesario decidir si girar a la derecha o girar a la izquierda, sin
tener otro conocimiento más que de lo que ocurrió 8 minutos atrás en el tiempo.
Los
marinos del mundo macroeconómico, encargados de pilotar los inmensos petroleros que son las economías de los países, sufren
también el problema de la inercia de sus buques y acumulan
además las dificultades de las sondas espaciales de forma especialmente acusada.
La
conducción macroeconómica exige múltiples datos estadísticos sobre los países propios
y ajenos cuya confección fiable se produce siempre con considerable retraso y no
precisamente de cuatro minutos, sino de uno o varios meses. Pero las acciones de política
económica sufren a su vez el problema del petrolero navegando por el estrecho. Las
medidas adoptadas despliegan sus verdaderos efectos con considerable retraso, según se
produce la transmisión de los impulsos fiscales o monetarios a lo largo y ancho del
sistema económico.
El
problema de manejo de la sonda espacial se resuelve bien, como nos lo demuestra la NASA
con perseverancia no exenta de fallos, cuando los plazos de demora son leves, como los
cuatro más cuatro minutos marcianos. La conquista de Andrómeda no puede plantearse tan fácilmente,
sin embargo, pensando en sondas
teledirigidas a distancia, porque siendo muy pronunciados los tiempos de conexión y
respuesta, es preferible para no cometer errores que el explorador disponga de piloto
automático, de forma que adopte sus decisiones directamente.
La
política económica, por las demoras en la captación de la información cuantitativa
fiable, es una sonda colocada muy lejos de Marte o de Plutón, que se encuentra de viaje
fuera de nuestro sistema solar. Por eso, para prevenir los errores de conducción, resulta
poco adecuado que sea de carácter meramente discrecional y es más adecuado dotarla de
piloto automático. Precisamente la política
fiscal suele estar diseñada de forma que disponga de esa facilidad, mediante
estabilizadores automáticos anticíclicos, que aumentan el déficit público cuando la
sonda viaja por un mundo en recesión y lo reducen cuando se vive en expansión, por lo
que actúan por sí mismos sin necesidad de que el capitán del barco económico deba
adoptar medida alguna.
La
política monetaria no dispone de sistemas de pilotaje automático, salvo por la novedosa
introducción española de estabilizadores en el mundo financiero mediante provisiones
bancarias anticíclicas. De ahí las fuertes cautelas que se siguen en todo el mundo en la
selección de los capitanes que deben de enfilar con sus petroleros monetarios la bocana
de los puertos.
Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.
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