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TOSCA Y EL DILEMA DEL PRISIONERO

 

Suenan los violines y la melodía de Puccini inunda la sala. Cavaradossi, el amante de Tosca, va a ser fusilado. Ella debe decidir si cumple o no su pacto con el jefe de policía, el corrupto Scarpia, quien le promete la vida de su amante, haciendo que el pelotón dispare balas de fogueo, si ella se acuesta con él en esa trágica noche.

 

       Tosca desconfía, porque no sabe si Scarpia le traicionará y mientras ella caiga rendida en el lecho del indeseable su verdadero amante muera atravesado por balas de acero. ¿Qué debe hacer?. Si acepta la deshonrosa proposición de Scarpia perderá el honor pero a lo mejor salvará la vida de Cavaradossi. O quizás ni siquiera eso. Puede que Scarpia cumpla su promesa y, en tal caso, ¿por qué ella debe ser fiel a tan infame pacto?

 

La pobre Tosca no sabe que se ha encontrado de golpe con el dilema del prisionero, cincuenta años antes de que Merril Flood y Melvin Dresher lo idearan para analizar estrategias sobre guerra nuclear a escala intercontinental.  El dilema plantea situaciones entre dos personas en las que pactando cada uno obtiene un provecho limitado, pero traicionando al otro se obtiene más, salvo que ambas partes decidan traicionarse, perdiéndolo todo ambos.

 

       El dilema del prisionero es un concepto de aplicación universal. Se observa en el terreno de la biología, la psicología, el derecho, la economía o la sociología. Surge donde existe conflicto de intereses pero sobretodo es una herramienta poderosa para explicar la manera en la que se organizan las sociedades humanas.

 

       Cuando se plantea reiteradamente una situación como la del dilema a unos mismos participantes, surgen posibles estrategias individuales para obtener el máximo provecho. Si traicionas la primera vez quizás obtienes más ganancias en esa vez pero en la siguiente situación la otra parte ya sabrá que no eres de fiar y estará a su vez más dispuesta a traicionarte. La reiteración del dilema lleva a estrategias de cooperación. Es preferible pactar a traicionar, para obtener más provecho a largo plazo.

 

Años atrás, Robert Axelrod organizó un concurso mundial sobre un dilema del prisionero reiterativo. Los concursantes debían elaborar la estrategia que les permitiera obtener la máxima ganancia posible al someterse un número indeterminado de veces contra las mismas personas a la situación que plantea el dilema.

 

       Las estrategias que concursaron fueron variopintas. Las más extremistas, las de defraudadores obsesivos, que traicionaban sistemáticamente cualquier pacto, fueron muy perdedoras, porque las otras se defendían traicionando a su vez.

 

       Un grupo de concursantes se apuntó a estrategias ingenuas, que siempre colaboraban aunque les traicionasen una y otra vez, siguiendo el lema cristiano de poner la otra mejilla. También perdieron, explotadas sin descanso por los defraudadores.

 

       Otras estrategias se apuntaron a la picardía. En general actuaban colaborando con la otra parte, es decir, pactando, pero de vez en cuando echaban una canita al aire, traicionando al contrario para obtener más ganancias. La picardía no fue, sin embargo, un buen sistema, porque era represaliada por estrategias ultravengativas, que jamás perdonaban la traición.

 

       La estrategia vencedora absoluta del concurso mundial fue la de la ley del talión: ojo por ojo y diente por diente. Consistía en una estrategia colaboradora, dispuesta siempre a pactar, pero justiciera. Si la otra parte le traicionaba una vez, devolvía exactamente la misma medida, otra traición, pero no más que eso. A partir de ahí volvía a colaborar. Justo el ojo por el ojo, pero luego el perdón. Tal línea de acción dio resultados inmejorables. Creaba confianza, porque era de natural colaborador. Era justiciera, pero no rencorosa. Capaz de tratar favorablemente con ingenuos, de castigar en su justa medida a los pícaros, de responder firmemente al ataque de los defraudadores obsesivos y de evitar conflictos con los vengativos. 

 

       Tosca no tuvo, sin duda, la oportunidad de participar en el concurso de Axelrod. Tampoco el suyo era un dilema reiterativo porque a Cavaradossi lo fusilarían sólo una vez. Y además, a Puccini le gustaban los dramones. Por eso Tosca eligió traicionar al malvado Scarpia, apuñalándolo mientras se abrazaban. No se confundió, sin embargo, mucho. Scarpia también le había dado gato por liebre. Doble traición y un joven muerto bajo las balas. ¡Viva la ópera! 

 

Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.

 

 


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