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Tutmosis III cabalga de nuevo

 

            Escribo este artículo desde Egipto, acunándome en las aguas del todopoderoso Nilo, mientras admiro el Templo de Karnak, junto a la ciudad de  Luxor que dio en llamarse antiguamente Tebas.

 

            Basta con contemplar la sala hipóstila del templo, con sus inmensas columnas, para comprender la ingente grandeza de un imperio remoto, situado miles de años atrás en el tiempo, donde el esplendor fue la norma y para el que sólo cabe imaginar una intensa y elaborada organización social, con un importante desarrollo de artesanos, de artistas, de funcionarios o de sacerdotes. La gloria de Tutmosis III, de Ramsés II o de Amenofis III irradia a los cuatro vientos a lo largo del caudaloso río.

 

            Cabe entonces preguntarse el por qué de tanta gloria, de tanto templo adorativo o funerario, de tan elaborada cultura tantos siglos atrás, en un mundo sin tecnología y en un tiempo histórico en el que el resto del planeta vivía aún en las tinieblas de la cultura.

 

            Para encontrar la respuesta no hay como poner de manifiesto una equivocación de nuestra cultura judeocristiana, empeñada en situar el paraíso terrenal entre el Tigris y el Eufrates, cuando estaba, en realidad, en la tierra de los faraones.

 

            Toda organización social necesita recursos para cubrir las necesidades, sistemas de defensa y redes de transporte. Cuanto más costosa sea la explotación de los recursos, más dificultades plantee el transporte y más difícil sea protegerse más complicado será conseguir dosis de bienestar y una organización social elaborada y más aún en las sociedades primitivas, de base rural y sin desarrollo tecnológico.

 

            Y aquel Egipto, frente al resto del mundo, disponía de todo ello y en abundancia.  La crecida anual del río, abonando los campos con su limo, constituía el maná natural que aseguraba recursos agrícolas por doquier, en un largo oasis lineal de extremo a extremo del país, facilitando la alimentación de su población. El Nilo, pacífico y caudaloso, es a su vez la autopista gratuita de cien carriles que aseguraba un transporte sin riesgos mucho más barato que el que cualquier otra sociedad pudiera disponer. También Egipto disponía de sistemas de defensa frente a agresiones externas profusamente baratas y altamente inexpugnables. Sus murallas eran el desierto que a ambos lados del oasis hídrico protegía a su población de enemigos y aseguraba una organización social en paz, cautiva de un orden perdurable, el faraónico, volcado hacia el consumo público suntuario. Por las características geográficas de ser un país llano, lineal y bien comunicado internamente, los castillos y poderes locales eran inviables a largo plazo y la homogeneidad cultural y social estaba asegurada.

 

            Ningún otro país podía entonces disponer de tanto y tan económico. De ahí la gloria de una civilización capaz de admirarnos cuatro mil años después.

 

            Algo hay de similar en nuestro mundo actual. La sociedad ya no es rural y los recursos necesarios son otros, pero son lo suficientemente explotables como para que se cubran las necesidades de la población. El coste del transporte ha caído sustancialmente, tanto de los objetos físicos como más aún de los intangibles y de las ideas, desde que apareció la telaraña mundial. Los sistemas de defensa de territorios locales se han venido abajo estrepitosamente y las guerras del Golfo y de Afganistán han puesto de manifiesto ostentosamente que ya no son posibles murallas o castillos locales y que las murallas son ahora tan baratas como las egipcias, por que son simplemente planetarias. Ya no hay riesgo de agresiones externas. El imperio simplemente es mundial y solo cabe que de él surja el orden y la homogeneidad. Tutmosis III cabalga de nuevo vestido de Bush. Vuelve el esplendor faraónico.

  

Enrique Ibañes, en fecha anterior a octubre de 2002, a título personal.


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